BÚSQUEDA DIRECTA EN EL BLOG

Cargando...

domingo, 22 de junio de 2014

NUEVO LIBRO PARA SUPLETORIO TERCEROS DE BACHILLERATO

A LAS SEÑORITAS ESTUDIANTES QUE SE QUEDARON EN SUPLETORIO DE LOS TERCEROS AÑOS CONTABILIDAD, A, B, C, D SE LES COMUNICA QUE POR PEDIDO DE ALGUNAS ESTUDIANTES EL LIBRO PARA EXAMEN SE CAMBIO POR EL MISMO LIBRO DE LA RECUPERACIÓN, POR FAVOR TOMAR EN CUENTA ESTA INFORMACIÓN.

http://filesave.me/file/39799/Steinbeck--John---La-Perla--pdf--PDF.html

lunes, 9 de junio de 2014

CUESTIONARIO PARA EXAMEN SEGUNDO QUIMESTRE 3EROS

POR FAVOR TOMAR EN CUENTA LO SIGUIENTE:

Para el examen del segundo quimestre se tomarán en cuenta los siguientes temas, con la siguiente valoración:
20% Literatura fantástica, vanguardias, utopía, política, textos de la vida cotidiana.
40%, talleres de trabajo del 1 al 7; ortografía, semántica, morfología, sustantivo, adjetivo, verbo, artículo, adverbio...
40%: libro 100 años de soledad.

martes, 3 de junio de 2014

TALLER No. 6 - EL VERBO

Ahí les dejo el taller sobre el verbo:
Tercero A y C; presentar resuelto en la siguiente clase
Tercero B y D; llevarlo impreso para la siguiente clase.

TALLER EN DOCUMENTO DE WORD:
http://filesave.me/file/39171/TALLER-6---VERBO-docx.html

TALLER EN DOCUMENTO DE PDF:
http://filesave.me/file/39172/TALLER-6---VERBO-pdf.html

martes, 13 de mayo de 2014

CUENTOS PARA MEGA LIBRO

Aquí están los cuentos para el mega libro, estos cuentos solo tienen que imprimir las tres chicas que están coordinadas por la Srta. Ibarra.

http://filesave.me/file/38180/Cuentos-para-megalibro-rar.html

URGENTE PARA TERCEROS DE BACHILLERATO

PARA TERCEROS DE BACHILLERATO
Pongo en su conocimiento que el día de hoy informaron que las notas del parcial 5 deben ser entregadas a secretaria hasta el día viernes 16, por ello publico el siguiente documento en el cual se detalla cómo puede recuperar las notas de este bloque.

Todo lo propuesto será utilizado en la Casa Abierta de Lengua y Literatura el jueves 22 de mayo del 2014 realizaremos, cada una de las colaboraciones servirá para recuperación de bloque 5.

Usted puede colaborar con:

Ø  1 metro de papel contag. (20)- para forrar microcuentos.
Ø  5 formatos A4 de papel foto, para tinta (no para laser) (5) – para imprimir invitaciones.
Ø  10 formatos A4 de cartulina de hilo. (5) – para imprimir trípticos de la casa abierta.
Ø  1 Funda de 25 chupetes (10) – para premios en los juegos de la casa abierta.
Ø  1 Funda de chocobreake (10) – para premios en los juegos de la casa abierta.
Ø  1 Cinta masquin de 5cm de ancho (10) – Para escenografías y demás trabajos manuales.
Ø  10 metros de cuerda de 1cm de grosor – para montaje de escenografía de obra de teatro. (En este caso les pedimos que se junte con otras compañeras para que se pueda traer la mayor cantidad de cuerda unida) (15)

POSDATA
1. Los números de la derecha significan la cantidad de recursos que necesitamos.
2. Usted puede colaborar con máximo 5 cosas, y con eso recupera 5 notas. Que las promediaremos cuando usted regrese a clase.


ACTIVIDADES GRUPALES POR CURSO
Además se les pide la colaboración por curso para las siguientes actividades, esta colaboración será tomada en cuenta como la nota de trabajo grupal y además servirá como nota de recuperación para la evaluación del bloque 5.

Tercero A: Impresión de minicuentos
Tercero B: Impresión de minicuentos
Tercero C: Impresión de minicuentos
Tercero D: Impresión de plotter para el megalibro.

Minicuento: se imprimirán 3500 cuentos de 3,5 cm X 4,5 cm con 14 títulos diferentes que serán entregados ese día. Para esto les pido a las representantes de los cursos comunicarse con el maestro.

Megalibro: se está construyendo un libro de cuentos de 1,80 cm X 1,10 cm, este libro lleva 10 cuentos, estos cuentos deben ir impresos en papel y pegados al libro,  para ello se imprimirán 20 plotters de en blanco y negro. Para esto les pido a las representantes de los cursos comunicarse con el maestro.





lunes, 12 de mayo de 2014

CUENTO CON ACCIONES PARA ESCENIFICACIÓN

Mario Conde
Del libro: Cuentos ecuatorianos de Aparecidos

Acciones: Mariangula muy altanera da órdenes a sus hermanos
                        Mariangula cuando se acerca a la cocina sale huyendo de ella
Al final del párrafo sale de la casa.
Vivía en Solanda una muchacha de nombre Mariangula. Era la mayor de tres hijos y por su carácter fuerte y mandón como de patrón, sus labores de la casa se limitaban a impartir órdenes a sus hermanos. Le gustaba trepar árboles o jugar con los chicos del vecindario. No se llevaba con muchachas y nunca ponía un pie en la cocina. Era lo que la gente llama una carishina. Además pasaba la mayor parte del día sola y a su antojo.

Acción: Sus, la mamá con un delantal y el papá con un overol salen a trabajar.
Sus progenitores trabajaban duro. La madre vendía tripas con puzún en un puesto del parque ecológico y el padre arreglaba zapatos en un pequeño taller ubicado por el mismo sector.

Acción: La mama apurada aparece de entre la escenografía se acerca a Maríagula y le entrega el dinero para que vaya a comprar y luego sale de la casa.
           
En una ocasión, antes de salir a las ventas en el famoso parque de Solanda, la madre encargó a Mariangula que fuera al camal a comprar las tripas y el puzún para el próximo día. Como a Mariangula le encantaba andar en la calle, la mujer no debió repetir dos veces la orden. Su hija guardó el dinero y salió de inmediato a cumplir con el mandado, loca de alegría.

Acción: Sale de la casa muy emocionada.
            Se encuentra con sus amigos y se pone a jugar con ellos a la plancha.
Los amigos se marchan y dejan a Marinagula preocupada porque perdió todo el dinero.
Mariangula encontró en una esquina a varios amigos entretenidos en la plancha y, sin pensarlo, se metió a jugar con el dinero de su madre. Perdió las primeras partidas pero, confiada en recuperarse, continuó jugando. Cuando se dio cuenta, no le quedaba ni un centavo, preocupada, se dirigió al camal a ver si las carniceras, le fiaban las tripas. Se encaminó hacia allá.

Acción: camina meditabunda y se encuentra con el cortejo  fúnebre, lo va siguiendo
            El cortejo fúnebre deposita el féretro lloran y se marchan, (tapan el féretro con una tela negra)
            Mariangula sale tras de ellos a prudente distancia.
Tomó la calle J llegó al sector del mercado, allí se topó con un cortejo fúnebre. Ni bien vio pasar el ataúd, le picó la curiosidad por saber quién era el fallecido y entró en el camposanto, mezclada entre los acompañantes. A los cinco minutos sabía que estaban sepultando a una mujer. Sin embargo, no satisfecha su inquietud, se quedó hasta que metieron el féretro en un sepulcro, a ras del suelo, e instalaron una tapa y la revistieron con cemento en los filos. Cuando no había más que ver, salió del lugar.

Acción: Entra en el mercado para pedirle a las vendedoras que le fíen y todas se niegan
            El carnicero se burla de ella.
Al llegar al mercado inventó la historia de que se le había caído el dinero, pero las vendedoras no le creyeron y mucho menos quisieron fiarle. Por el contrario, un carnicero se burló de ella diciéndole: Si quieres librarte de una buena paliza, será mejor que cabes una tumba y robes las tripas de un muerto.

Acción: Mariangula camina pensativa hasta que se cruza con el féretro y contenta sale corriendo.
Entra a su casa recoge algunas cosas y sale.
La muchacha tomó el camino de regreso a su casa, preocupada por el castigo que le esperaba. Volvió a pasar por el cementerio y, al acordarse de la difunta, pensó que las palabras del carnicero no eran del todo descabelladas. Corrió entonces a su casa, allí, tomó el cuchillo de zapatero de su padre y un martillo, ocultó todo en una bolsa pequeña y se fue al campo santo.

Acción: Mariangula permanece escondida en una esquina, se escucha un silbato y sale de su escondite.
A las seis, escuchó el silbato del panteonero alertando a algún visitante que era hora de salir; cinco minutos después las puertas del cementerio se cerraron. Mariangula abandonó su escondite y se encaminó a la tumba.

Acción: Mariangula se acerca a la tumbal, la golpea, quita la tapa, corta los intestinos y los pone en un costal.
Usando el martillo, removió el cemento fresco y desprendió la tapa del féretro, y se puso a cortar con el cuchillo. El tiempo transcurría. Concluida la tarea, guardó todo en la bolsa y colocó todo en su sitio.

Acción: Sale del cementerio apresurada
Se apresuró a marcharse pues empezaba a oscurecer. Tampoco le costó mucho trabajo salir del cementerio; trepó por un árbol pegado a una tapia y saltó a la calle.

Acción: Entra a su casa, mirando para todos lados y va directo a la cocina.
Llegó a su casa pasadas las siete de la noche. Entró con temor de que sus padres ya hubieran regresado. Respiró aliviada cuando no los halló, devolvió las cosas, alejó a sus hermanos de la cocina y se puso a cortar y a limpiar las tripas.

Acción: Entran los padres y miran con alegría que Mariangula está en la cocina terminando de lavar las tripas.
            Mariangula se acuesta temprano y no podía conciliar el sueño.
            Se escuchan aullidos de perros  y Mariangula se tapa la cabeza con la almohada.
Cuando llegaron sus padres la encontraron atareada en las labores de la cocina. Les invadió una profunda satisfacción. Cansada del trajinar de la tarde Mariangula se durmió temprano. Por lo general tenía el sueño pesado pero aquella noche, más o menos a las doce, la despertaron los ladridos de los perros del vecindario, que parecían aullar espantados. La muchacha se tapó la cabeza con la almohada a fin de volver a dormir; resultaba imposible conciliar el sueño con esos aullidos, que cada vez se hacían más y más fuertes como si los perros ladraran a alguien que estaba acercándose a su casa.

Acción: Intenta despertar a su hermano que duerme junto a ella, pero este no responde
            Intenta llamar a sus padres pero no sale la voz.
            Intenta gritar pero su voz no le sale y siento mucho miedo.
            Nerviosa, intentó despertar a un hermano pequeño que dormía con ella, pero él dormía tan profundamente que ni siquiera se movió. Los perros aullaban cada vez más cerca, tan cerca que de pronto se oyeron unos pasos que caminaban por el patio de la casa. Asustada, llamó en voz baja a su padre pero todo estaba oscuro y nadie de la familia, excepto ella, parecía escuchar los pasos. Oyó luego que la puerta de calle se abría y que alguien entraba. Mariangula se sentía sobrecogida de terror y tenía los pelos de punta. Quería gritar con todas sus fuerzas pero la voz no le salía.

Acción: Todo quedó en silencio y mira aterrada la imagen de la muerta que entra por entre la escenografía.
            La  muerta permanece de pie junto a la cama y toda su ropa flota.
Hubo un silencio siniestro que le heló la sangre; a continuación, escuchó una voz pavorosa que decía: Marianguuuuuula.., Marianguuuuuula…., devuélveme las tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura.

Acción: Mariangula se tapa con las cobijas de pies a cabeza.
Creyó morirse. Con desesperación, se tapó con las cobijas y se puso a rezar a fin de ahuyentar al ser de ultratumba que se aproximaba a la cama. La muchacha sudaba frío y sintió que una mano empezó a jalar las cobijas al tiempo que la voz insistía: Mananguuuula..., Marianguuuuuula…, devuélveme las tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura.

Acción: Las cobijas salen volando de la cama y Mariangula tiene el rostro de terror.
De repente, las cobijas volaron de la cama de un solo tirón. La muchacha, con el corazón a punto de reventársele, vio que la muerta, cercenada el estómago y los intestinos, la miraba con furia mientras repetía: Marianguuuula..., Mariangula, devuélveme las tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura. Esas fueron las últimas palabras que escuchó antes de que el corazón se le paralizara de horror.

Acción: Los padres entran al cuarto de Maringula y la encuentran muerta.
Al siguiente día los padres hallaron el cuerpo de su hija sin vida. Mostraba en el rostro una expresión indescriptible de espanto. Además tenía el vientre destrozado, Alguien le había arrancado los intestinos y se los había llevado.


lunes, 5 de mayo de 2014

DARÁN LEYENDO

PEQUEÑAS CRÓNICAS DESDE EL COLEGIO
Cuando se piensa en la imaginación se considera que esta es la posibilidad de crear nuevos mundos o recrear los existentes, pero lo que no se piensa es que la imaginación también puede ser negativa, y que lamentablemente esta INMAGINACIÓN está muy presente en la educación, en los colegios…en los docentes. Ahora que estamos pensando en las casas abiertas, en una reunión de área la señora “experiencia de 30 años” determinó que se debía hacer una sola actividad para que salga bien, además dictaminó que de existir otras ideas, estas no serían válidas pues no fueron pensadas por la señora experiencia, pues ella solo piensa una idea a la vez…al final todo se fue a la (¡*^*%!): los unos por el mismo camino de siempre y los otros por el camino de la incertidumbre, mientras que las y los jóvenes siguen sentados allí mismo esperando alguna muestra de creatividad.
Posdata: Yo por mi parte en la casa abierta voy hacer relajo, y no me importa lo que diga la “señora experiencia de 30 años”, todas están invitadas. Solo espero que por accidente no se queme el colegio cuna de todas las dudas nunca resueltas y todas las prósperas ignorancias.


BANCO DE PALABRAS PARA CONCURSO DE ORTOGGRAFÍA

INSTITUTO CONSEJO PROVINCIAL DE PICHINCHA
ÁREA DE LENGUA Y LITERATURA
BANCO  DE PALABRAS PARA CONCURSO DE ORTOGRAFÍA
AÑO LECTIVO 2013 - 2014

Había, Hacer, Hacía, Abundancia, Aparecido, Alucinar, Habitación, Hablador, Asambleísta, Árido, Atroz…Y 300 PALABRAS MÁS... MEJOR DESCÁRGUELO  DE: 

viernes, 2 de mayo de 2014

CUENTOS PARA TEATRO - SEGUNDO BACHILLERATO

EL TURNO DE ANACLE
Galo Galarza

            MAÑANA VOS A MATAR al abuelo, me dijo Anacle, y me enseñó una soga lista para ahorcar. Yo bajé los ojos y le dije: me da miedo. Él me sujetó la barbilla con fuerza, me soltó un insulto y repitió: mañana vamos a matar al abuelo. Cuando alcé mis ojos y vi el suyo, sabía que la sentencia era inevitable. Entonces ya no me quedó más remedio que aceptar su perverso veredicto y le respondí quitándome sus dedos de encima: está bien, mañana pero con la condición de que el abuelo no sufra. No sufrirá, todo será cosa de segundos, te doy mi palabra, dijo Anacle para cerrar el diálogo. Me sonrió cínicamente y se fue silbando por los corredores de la casa, al tiempo que agitaba la soga anudada, a manera de una cachiporra. Anacle hijueputa me quedé diciendo, ya sólo para mí, no te dejaré que mates al abuelo, aunque yo mismo te haya dado esa maldita idea.

Vos serás obispo, me decía el abuelo un poco antes de que le cayera la enfermedad, tus ojos tienen espacio suficiente como para cargar con todas las culpas de la familia y tu dedo, el de llevar anillo, tiene la gordura adecuada corno para recibir los besos que te darán los fieles. Otras veces me decía: vos serás obispo Manuel porque en tu boca veo la malicia de los que nunca pueden tener a lo largo de la vida una misma mujer en la cama. Vos eres vago, Manuel nunca podrás responsabilizarte de los hijos que engendres, no podrás darles tu apellido, vos serás obispo Manuel. Y yo le decía: no abuelo, yo seré aviador, yo quiero ser aviador para tirarles bombas desde el cielo a las iglesias, para que no haya obispos; yo nunca seré obispo, aunque usted quiera y mamá quiera, yo sé que si viviera mi papá, él me apoyaría en mi deseo de ser aviador. Tú voy a volar bien alto abuelo, más alto que las palomas, le juro. Y él se enojaba y me daba coscorrones, o sino me pellizcaba los cachetes hasta hacerme llorar. Entonces yo creía odiarlo.
            Anacle es hijo de mi tía Rita y él fue quien me enseñó a saltar sobre las tapias y a destripar los gatos, él también me enseñó por donde paren las mujeres y por qué paren, con él aprendí a fumar hojas de periódicos y a trepar árboles, por grandes que estos fueran. Anacle me defendía en la escuela de los que querían pegarme o se burlaban de mi excesiva gordura. El fue como el hermano que nunca tuve, yo sin él no habría conocido nada de lo que ahora conozco ni habría sabido nada de lo que ahora sé. Por eso lo quiero y lo respeto pero también le temo.
            Yo le he visto hacer cosas muy malas, por ejemplo eso de matar los gatos es cosa bien fea en él: los busca, los acecha, los enlaza, los ahorca, los destripa, los entierra. Y yo le ayudo en la tarea, no puedo dejar de ayudarlo porque de lo contrario me acusa de maricón y no me defiende de los que quieren pegarme. De Anacle dicen que es el mejor trompón de toda la escuela y por eso nadie se mete con él; pero, definitivamente, hace cosas muy feas y también mata a otros animales, por gusto, por malo: rompe los huevos de los nidos o si no los huequea con una aguja y me obliga a chupar el interior o él mismo se lo chupa; aplasta a las filas de hormigas, las destruye saltando sobre ellas al tiempo que se ríe a carcajadas, es como si odiara la vida, sobre todo la vida pequeña, la indefensa. Y su odio a los gatos es porque cuando él era niño, de andar gateando, la gata Fefa del abuelo, una angora blanca a la que se había mimado demasiado, le pegó un rasguñón tan tremendo en la cara que le dejó una lacra imborrable cruzada sobre la frente y un ojo de menos. Esa mutilación es la que lo hacía malo. Tuerto anormal, le decía la tía Rita siempre que le reprochaba y Anacle se remordía y lloraba. Y el abuelo lo detestaba, éste no es carne de mi carne ni sangre de mi sangre, decía, a este tuerto lo engendró el diablo. Le había prohibido hasta la entrada en su cuarto y, si alguna vez lo veía, se llevaba las manos a los ojos simulando que se los tapaba y gritaba uuuuyyyyy el tuerto. Y Anacle volvía a llorar por el único ojo, porque después de todo él también era un niño.
            Posiblemente el abuelo cargaba esa enfermedad desde mucho antes, pero recién comenzó a presentársele con más fuerza cuando llegó a la última etapa de su vida. Esa enfermedad horrible que le iba devorando miembro por miembro a medida que corrían los meses. Primero los dedos de los pies, después de los talones, las pantorrillas, las rodillas, todo. Y el viejo desesperado, más loco de lo que siempre estuvo, se pasaba gritando, más bien aullando, encerrado en una habitación apenas iluminada por una claraboya a la que solo teníamos acceso mi madre y yo. Ella para alimentarlo y asearlo y yo dizque para consolar su dolor. En ti creo Manuel, comenzó a decirme una época en los ratos cuando no estaba gritando de dolor, vos eres mi única esperanza, vos serás obispo y traerás a Dios a esta casa. Pero cuando gritaba era desesperante, los gritos le entraban a uno por todo el cuerpo, quedaban vibrando adentro, hacían doler la cabeza. Yo me tapaba los oídos con las dos manos pero era inútil los gritos me entraban entre dedo y dedo y el efecto era igual que silos oyera a oreja pelada. Mamá lloraba y decía señor apiádate de él llévatelo, no lo hagas sufrir así, mándale la muerte como una bendición, y desde que oí eso a mamá, me entró la idea de malar al abuelo.
            Anacle —le propuse una tarde que regresábamos del vado— por qué no matamos al abuelo.
            El se quedó mirándome con su único ojo de arriba a abajo, dio un paso hacia atrás y preguntó entre balbuceos: ¿có-mo-có-mo-ma-tar-al-abue-lo? Sí —le respondí seguro de lo que decía— porque esa enfermedad que tiene lo hace sufrir mucho.
            Y porque es un viejo de mierda también —dijo Anacle ya repuesto de la sorpresa y más bien resuelto, inflado su instinto malévolo, dispuesto a llevar a cabo mi propuesta con rapidez, con la mayor eficacia. Bien, dijo después de un prolongado silencio, matemos al abuelo, vos por piedad y yo por venganza, este viejo miserable se ha burlado de mí con exceso, me ha humillado, me ha despreciado. Pero tampoco te hagas el inocente Manuel, porque vos también lo odias, no es por piedad la tuya, como ahora me dices, vos me contaste una vez, acuérdate, que lo odiabas porque él quería hacerte obispo a la fuerza, y vos bien sabes que con el abuelo muerto podrás hacer lo que quieras. No es solo piedad la tuya, los dos vamos a matarlo por gusto, como matamos a los gatos. Y a medida que Anacle iba hablando, a mí me fue entrando un miedo tremendo, un miedo de Anacle, de mí mismo, por la idea espantosa que había inculcado en él. Comencé a sentirme culpable, me sentí ya asesino del abuelo. Entonces decidí escaparme de Anacle, busqué pretextos para no encontrarme con él, simulé una enfermedad para no ir a la escuela, tampoco podía ver al abuelo, no tenía el valor de mirarlo después de lo que acordamos con Anacle, tampoco podía dormir, las pesadillas me asaltaban apenas cerraba los ojos. ¿Qué te pasa Manuel? me interrogaba mi mamá, vos no estás enfermo del cuerpo, como dices, sino del alma, anda confiésate, algún pecado grave has cometido, mi Manuel, algo te traes entre manos con el tuerto ese anormal de tu primo, si no por qué le corres, cuéntame a mí para yo hablar con mi hermana Rita y que le castigue si ha hecho algo malo, háblame. Pero yo no podía hablar, cómo hubiera podido contarle a mamá lo que había ocurrido, y para no despertar más sospechas, regresé a la escuela, me encontré con Anacle en los corredores y él me dijo en cuanto me vio:
Mañana vamos a matar al abuelo.
Y me enseñó aquella soga anudada y su ojo perverso; entonces, así como se me ocurrió matar al abuelo cuando oí a mi madre que clamaba para que cesara su sufrimiento, también resolví impedir que Anacle lo matara, aunque le dije para evitar su ira que sí, que mañana lo matamos, con la condición de que él no sufriera. Al día siguiente, apenas amaneció, yo me llegué hasta el cuarto del abuelo y allí me instalé junto a él, a oír sus gritos horribles y escuchar las esperanzas que ponía en mí.
            Hace rato que no venías ni Manuel, tu mamá me dijo que estabas enfermo, qué tenías hijo, ven acércate, ven a mi lado, consuela a este pobre viejo, qué te pasa que no te acercas, Manuel...
            Anacle llegó a las once de la mañana, cuando no había nadie en la casa, entró sigiloso, abrió ligeramente la puerta del cuarto y al mirarme exclamó en voz baja:
Ah, ya estás allí mariconcito, pensé que te habías ahuevado.
            El abuelo entreabrió sus ojos, vio a Ánade y presintió algo malo. Se quedó muy quieto tratando inútilmente de alcanzar mi mano. El tuerto, musitó, el tuerto Ánade, qué quiere aquí, no lo dejes entrar Manuel, no lo dejes que está endemoniado. Ánade se paró al filo de la cama, se levantó la camisa y comenzó a desanudar lentamente la soga que llevaba atada en torno de su cintura. Cuando acabó la operación, alzó la soga anudada en forma de horca y dijo, dirigiéndose al abuelo:
            He venido a matarte viejo cabrón. Vamos a matarte Manuel y yo. Vamos a cobrarnos.
            El abuelo gritó, se revolvió en su lecho. Me llamó implorante. Nadie, sin embargo, se percataría de sus gritos: todos en la cuadra estaban acostumbrados a sus terribles alaridos. Yo temblaba. Anacle se subió de un salto sobre la cama, enlazó al abuelo por el cuello con extrema temeridad, sin que éste pusiera ninguna resistencia, y comenzó a apretar el nudo. El abuelo dejó de gritar y trató de buscar con su mirada extraviada mis ojos. Manuel, alcanzó a balbucear. Entonces ya no pude aguantar más y me puse de pie.
            Anacle alzaba al abuelo, poniendo en la empresa toda su fuerza y energía, por eso nada pudo hacer cuando yo, desde atrás, lo golpeé en la espalda con el fierro que siempre tenía el abuelo bajo su cama. Anacle se cayó hacia un lado, tocó con su cuerpo primero el filo de la cómoda y después el suelo, donde se quedó inmóvil, quejándose. El abuelo todavía vivía. Yo me arrodillé a su lado, le zafé la atadura y comencé a acomodarle en la cama, cuando de pronto sentí que por debajo de las cobijas salían sus manos artríticas, semejantes a raíz de árbol, y se agarraban de mi garganta con una fuerza tremenda, desesperada y, en seguida, comencé a sentir que me moría, que me faltaba el aire, que ya no podía respirar, y no sé cómo, estiré la mano hacia un lado y alcancé a sujetar el fierro con el que golpeé a Anacle y con las últimas fuerzas, que tampoco sé de dónde me salían, estrellé contra la cara del abuelo la varilla de acero: su rostro se abrió como una fruta de agua, sus manos se soltaron de mi cuello. Anacle, puesto ya de pie, mirándome orgulloso con su único ojo, perdonándome por el golpe que le di, exclamó con soma;
            Sigamos Manuel que todavía vive. Ahora es mi turno.



CUENTOS PARA TEATRO - SEGUNDO BACHILLERATO

MARIANGULA
Mario Conde
Del libro: Cuentos ecuatorianos de Aparecidos

            Vivía en Latacunga una muchacha de nombre Mariangula. Era la mayor de tres hijos y por su carácter recio y mandón como de patrón, sus labores de la casa se limitaban a impartir órdenes a sus hermanos. Le gustaba trepar árboles o jugar con los chicos del vecindario. No se llevaba con muchachas y nunca ponía un pie en la cocina. Era lo que la gente llama una carishina. Además pasaba la mayor parte del día sola y a su antojo.

            Sus progenitores trabajaban duro. La madre vendía tripas con puzún en un puesto del parque La Merced y el padre arreglaba zapatos en un pequeño taller ubicado por el mismo sector.
            En una ocasión, antes de salir a las ventas en el famoso parque en Ibarra por sus puestos de comida al atardecer, la madre encargó a Mariangula que fuera al camal a comprar las tripas y el puzún para el próximo día. Como a Mariangula le encantaba andar en la calle, la mujer no debió repetir dos veces la orden. Su hija guardó el dinero y salió de inmediato a cumplir con el mandado, loca de alegría. Mariangula encontró en una esquina a varios amigos entretenidos en la plancha y, sin pensarlo, se metió a jugar con el dinero de su madre. Perdió las primeras partidas pero, confiada en recuperarse, continuó jugando. Cuando se dio cuenta, no le quedaba ni un centavo, Preocupada, se dirigió al camal a ver si las carniceras, que la conocían pues solía acompañar a su madre, le fiaban las tripas. Se encaminó hacia allá. Tomó la calle Quito y llegó al sector del Mercado del Salto, por el cementerio. Allí se topó con un cortejo fúnebre. Ni bien vio pasar el ataúd, le picó la curiosidad por saber quién era el fallecido y entró en el camposanto, mezclada entre los acompañantes. A los cinco minutos sabía que estaban sepultando a una mujer. Sin embargo, no satisfecha su inquietud, se quedó hasta que metieron el féretro en un sepulcro, a ras del suelo, e instalaron una tapa y la revistieron con cemento en los filos. Cuando no había más que ver, salió del lugar.
            Al llegar al camal inventó la historia de que se le había caído el dinero, pero las vendedoras no le creyeron y mucho menos quisieron fiarle. Por el contrario, un carnicero se burló de ella: Si quieres librarte de una buena paliza, será mejor que cabes una tumba y robes las tripas de un muerto.
            La muchacha tomó el camino de regreso, angustiada por el castigo que le esperaba. Volvió a pasar por el cementerio y, al acordarse de la difunta, se le ocurrió que las palabras del carnicero no eran del todo descabelladas. Se dirigió entonces a su casa. Una vez allí, tomó el cuchillo de zapatero de su padre y un martillo de punta, ocultó todo en una bolsa pequeña y se fue al campo santo.
            A las seis, escuchó el silbato del panteonero alertando a algún visitante que era hora de salir; cinco minutos después las puertas del cementerio se cerraron. Mariangula abandonó su escondite y se encaminó a la tumba.
            Conseguir lo que necesitaba no fue fácil, pero tampoco resultó tarea imposible.
            Valiéndose del martillo, removió el cemento fresco y desprendió la tapa del sepulcro. Extrajo el féretro, que estaba a ras del suelo, y se puso a cortar con el cuchillo. El tiempo transcurría. Concluida la tarea, guardó todo en la bolsa, volvió a meter el féretro y colocó la tapa.
            Se apresuró a marcharse pues empezaba a oscurecer. Tampoco le costó mucho trabajo salir del cementerio; trepó por un árbol pegado a una tapia y saltó a la calle.
            Llegó a su casa pasadas las siete de la noche. Entró con temor de que su padre ya hubiera regresado y, al verla con las herramientas, empezara a hacer preguntas. Dio un respiro de alivio cuando no lo halló, devolvió las cosas, alejó a sus hermanos de la cocina y se puso a cortar las tripas, antes de que llegara su madre y notara la forma extraña.
            Cuando regresaron sus progenitores la encontraron atareada en las labores de la cocina. Les invadió una profunda satisfacción. Cansada del trajinar de la tarde Mariangula se durmió temprano. Por lo general tenía el sueño pesado pero aquella noche, más o menos a las doce, la despertaron los ladridos de los perros del vecindario, que parecían aullar espantados. La muchacha se tapó la cabeza con la almohada a fin de volver a conciliar el sueño; resultaba imposible dormir con esos aullidos, que cada vez se hacían más fuertes como si los perros ladraran a alguien que estaba cerca de su casa.
            Un tanto nerviosa, intentó despertar a un hermano pequeño que tenía su cama al lado, mas él dormía tan profundamente que ni siquiera se movió. Los perros aullaban cada vez más cerca, tan cerca que de pronto se oyeron unos pasos que caminaban por el patio de la casa. Asustada, llamó en voz baja a su padre pero todo estaba oscuro y nadie de la familia, excepto ella, parecía escuchar los pasos. Oyó luego que la puerta de calle se abría y que alguien entraba. Mariangula se sentía sobrecogida de terror y tenía los pelos de punta. Quería gritar con todas sus fuerzas pero la voz no le salía.
            Hubo un silencio siniestro que le heló la sangre; a continuación, escuchó una voz pavorosa que decía: Marianguuuuuula..., devuélveme las tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura.
            Creyó morirse. Con desesperación, se tapó con las cobijas y se puso a rezar a fin de ahuyentar a aquel ser de ultratumba, que se aproximaba a la cama. La muchacha sudaba frío y sintió que una mano empezó a jalar las cobijas al tiempo que la voz insistía: Mananguuuula..., devuélveme las tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura.
            De repente, las mantas volaron de la cama de un solo jalón. La muchacha, con el corazón a punto de reventársele, vio que la muerta, cercenada el estómago y los intestinos, la miraba con furia mientras repetía: Marianguuuula..., Mariangula, devuélveme las tripas y el puzún que te robaste de mi santa sepultura. Esas fueron las últimas palabras que escuchó antes de que el corazón se le paralizara de horror.
            Al siguiente día ¡os padres hallaron el cuerpo de su hija sin vida. Mostraba en el rostro una expresión indescriptible de espanto. Además tenía el vientre destrozado, Alguien le arrancó los intestinos y se los llevó.

TAREA:
Leer el cuento


lunes, 14 de abril de 2014

CUENTO 10 - SEGUNDOS DE BACHILLERATO

DESCARGUE EL CUENTO DE AQUÍ:


BARRANCA GRANDE
Jorge Icaza

En el lindero del páramo más alto, en una choza enana como la vegetación circundante —frailejones aterciopelados, duros espinos, paja raquítica—, vivían en pecado de amaño, desde hacia algún tiempo, el indio José Simbaña y la longa Trinidad Callahuazo. Como buenos huasipungueros trabajaban de lunes a sábado —desmontes, siembras, cosechas, zanjas, limpias, mingas— en la hacienda del «patrón grande, su mercé», propietario y señor de la ladera, del valle, del bosque y de la montaña.
Los domingos, al amanecer, la pareja amancebada —luciendo doble poncho de bayeta de Castilla, él; anaco oscuro, collares de cuentas doradas, rebozo de encendido color, ella—, entraba en la iglesia del pueblo. Desde el rincón de la nave más penumbrosa, José y Trinidad, confundidos en el anonimato de una muchedumbre de indios y cholos campesinos, gustaban de la misa. La mímica litúrgica del simbólico sacrificio, el oropel deslumbrante de los atavíos del sacerdote, el olor de las nubes del incienso al entrar en la corriente emotiva y fervorosa de los campesinos, se impregnaba de un supersticioso sabor a brujería familiar. Pero cuando el señor cura, antes de U bendición, hablaba contra la unión maldita del amaño, contra los violador» de las leyes sagradas, contra los remisos a los sacramentos de la santa madre Iglesia, José y Trinidad se encogían de terror, de un terror infantil que les obligaba a observarse de soslayo —en defensa ansiosa, en mutua acusación—. Una humedad viscosa —la misma que sin duda paralizó a sus antepasados más remotos a la vista de arcabuces, espadas, armaduras y caballos— les hundía en la evidencia de su condenación eterna'.
El realismo del buen predicador para enumerar los castigos que Taita Diosito, en su infinito poder, había creado para sus hijos descarriados, le llevaba a las comparaciones más vulgares y exageradas: "El fuego indómito de los volcanes, la paila grande —la más grande— de la vieja tamalera, el plomo fundido en la fragua de la herrería del tuerto Melchor, las víboras del bosque, los alacranes, las arañas..." Al ubicar su cuadro de pesadilla, el santo varón alzaba las manos al cielo, y, con voz cavernosa que se ahuecaba en las naves del templo, concluía:
—¡Como la Barranca Grande con sus grietas de espanto en los muros! ¡Como la Barranca Grande con sus hediondeces de azufre y mortecina! ¡Como la Barranca Grande con su aliento de queja y sus dilatadas fauces rocosas! ¡Así...! ¡Así es el infierno! ¡Así como la Barranca Grande!
Era suficiente mencionar aquel paraje para que el miedo cundiese entre los fieles. Todos conocían el lugar tenebroso. Todos conocían la profundidad inaccesible hundida trescientos metros entre aristas de roca e imprecisas formas donde humeaban perennes fumarolas en memoria de antiguo esplendor volcánico —excitaban la fantasía popular hasta la afirmación supersticiosa: «Taita Diablo colorado fuma azufre en pipa de piedra»—. Hay que advertir que todos olieron alguna vez la atmósfera podrida que exhalaban los pantanos de las innumerables cuevas y recodos del fondo de Barranca Grande. Todos escucharon también alguna vez el aleteo fantasmal de murciélagos, lechuzas y pajarracos que llegaba desde el seno de aquel abismo al anochecer.
Ante la evocación apocalíptica del sacerdote, la masa de indios y cholos campesinos que llenaba las tres cuartas partes de la iglesia estremecíase en quejas, ruegos, temblores irrefrenables —reedición de algún retablo de barro de ídolos en actitudes de atormentado subconsciente—. Desde el pulpito el señor cura —manos crispadas en santa cólera, ojo retador de aguilucho— dominaba en esos momentos su obra con verdadera imponencia. ¡Su obra! Su obra empedrada de rostros tatuados por morbosos y ancestrales arrepentimientos, de manos puestas en súplica humillante y envilecida ansia de perdón, de ojos turbios por lágrimas inopinadas e histéricas, de párpados enrojecidos prematuramente en humo de leña tierna, en guarapo podrido, en suciedad de vientos de páramo. Un vagido como de animales acorralados por la tormenta, saturado de malos olores, se elevaba entonces al ritmo de un impulso —oleaje de súplica inarticulada— que sacudía una y otra vez a la muchedumbre de pecadores. Casi siempre, en esos momentos, el buen sacerdote se llenaba de náusea. Náusea después de la comunión, sacrilegio. No... No podía evitar la burla del demonio —hostia y vino sagrados en inminencia de basura asquerosa—. Ante tal situación, el apurado y contrito fraile, con voz jugosa de perdón, ofrecía absolver todos los crímenes de la indiada a cambio de misas de a cien sucres, de rogativas de a treinta y responsos de a dos. Sí. Todos los crímenes de aquella miserable muchedumbre —desobedecer al patrón, al mayordomo, al teniente político, al sacristán, a cualquier bicho con zapatos; perder minutos en el trabajo de seis a seis; emborrachar las penas con guarapo podrido los lunes por la mañana; robar por hambre las mortecinas de la hacienda; mentir en defensa colectiva; mezclar el fetichismo y la superstición de sus antepasados más remotos con las imágenes de los santos cristianos y la fe revelada por taita curita; insistir en el amaño antes de casarse por la Iglesia y por la ley—.
La oferta del so t anudo desinflaba de inmediato el rumor producido por los temores a los castigos de ultratumba, se aquietaba entonces la angustia delirante de la masa campesina; lodos volvían a confiar en la misericordia de Taita Diosito y de su ministro en la tierra. Sólo el indio José Simbaña y la loriga Trinidad Callahuazo eran quizá los únicos que no hallaban sosiego en las frases de perdón y de esperanza del sacerdote. Les era tan duro comprobar su realidad. Su triste realidad. Para defender su amor pecaminoso de las pesquisas del mayordomo, de las multas del teniente político, de los anatemas del cura, tuvieron —é y ella— que levantar su choza y cercar su huasipungo a pocos pasos del lugar maldito que el señor cura comparaba con el infierno. Sentían además que su pasión —uniones interrumpidas y placeres empañados por los misteriosos ruidos nocturnos de Barranca Grande— se consumía en el fuego del remordimiento silencioso, pesado, duro, cual desagüe cotidiano de inarticulados y mutuos reproches. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Toda la alegría de ¡as primeras uniones carnales había desaparecido, y, en la longa sobre todo, aquella cosa espesa y rota que dejan los malos presagios tomaba minuto a minuto contornos oscuros de culpa sin perdón, de demonio enroscado en la garganta. Y era por eso que cuando la iglesia quedaba sola, después de la misa y del sermón —en el aire la losa de una paz sin esperanzas—, José y Trinidad —llorosa ella, pálido y en pétrea desconfianza él— se arrastraban hasta el altar de San Vicente —lindo y milagroso según el decir del cholerío, pero en realidad ridículamente ataviado con sombrero de paja, orlas de papel dorado en las polleras de la sotana y corneta de latón en la diestra—. Una vez frente al Santo, la india, entre mocos y suspiros, solicitaba alivio a su desventura:
—Taitiquitu. Amu, San Vicenticu. Ampárame, pes. Taita cura dice que tudíticu infiernu para pobres naturales de amaño. Para... Para nosotros pes, taitiquitu. Soliticus en paila grande, en candela de cerru, entre diablus de Barranca Grande. Nu es pur maldad que nu casamus... Nu es por carishina... Nu es por pecado... Nuuu... ¿Pur qué también será, pes? Longu... Mi longu José aquí presenticu... Uuu...
El aludido despertaba entonces de su amarga inconsciencia, y, sintiéndose personaje importante en el reclamo de Ja hembra, movía afirmativamente la cabeza, mientras pensaba: «Aquí... Aquí estuy pes, San Vicenticu. Lu que dice la guarní i así mismu es, taitiquitu. El amaño cosa necesaria, cosa desde siempre en nosotrus lus naturales... Naturales así mismu somus de brutus... Para saber cómu se acornada cada unu en el ricurishca, pes... Para probar qué dicen... Para probar si es buenu u si es malu, pes... Comu animalitus, para encariñar... De otra forma, ca; el pobre natural nu puede, pes... Piensa vus mismu, taitiquitu... Así... Así han hechu toditicus naturales de antes... Protégenus contra demonius de Barranca Grande, taitiquitu... Contra el huaira, que nu deja en paz silbandu toditica la noche... Contra los murciélagus que anidan en techu... Contra todu mismu de fantasmas y de ruidus que nu dejan tranquilu el placer del ricurishca... ¿Acasu pur esu el shungu deja de sufrir? ¿Acasu pur esu hemus de ser mejores lus pobres naturales? ¿Acasu...? Defiéndenus, taitiquitu. ¡Defiéndenuuus!»
En esos momentos también la atemorizada mujer retorcía sus manos como una posesa agravando el desconcierto del amante —desconcierto de piel sudorosa, de ojos empequeñecidos por la pena e inmovilizados por el temor, de gruesas mandíbulas caídas, de labios temblorosos—, del amante que, por transferencia compasiva, tomaba el lugar del santo para responder y consolar mentalmente —sólo mentalmente— a las quejas y a las urgencias de la longa: «Claro que he de defender, pes... Claru que he de amparar, pes... Para esu suy machu... Machu, caraju...»
—Arí, bonitícu... Arí, taítiquitu... Cuando tengamus huevitus, cuyeitus, he mus de regalar, pes... Cuando la tierra del huasipungo produzca maicitu, también... —insistía la longa.
—Así mismu es, pes, taítiquitu... Amu sacristán mishcadu guañugta ha de entrar en el conventu —continuaba el indio.
Al salir de la iglesia la pareja —él adelante, ella atrás— y encarar la indiferencia de las gentes —porvenir acorralado por un trabajo de esclavos, huellas íntimas de arrepentimiento sin perdón—, ambos se sentían desconcertados, cayendo en un vacío amargo, en un vacío que les obligaba a vagar por la feria y que al final —siempre de apariencia sorpresiva— les empujaba por la calle donde se agazapaban las tres guaraperías del pueblo. A la noche —noche de domingo o de fiesta grande—, perdidos en la inconsciencia de la borrachera —bajo las tinieblas, o bajo las estrellas, o bajo la luna, o bajo la garúa, o bajo la tempestad, les daba lo mismo—, se arrastraban por los caminos fantasmales. A veces dormían en una zanja o entre el chaparro que orillaba algún potrero. |Ah! Entonces eran felices, con la felicidad que experimentan las almas pequeñas y turbias en su propia ausencia: lejos de la crueldad de los cholos mayordomos, lejos de las órdenes inapelables del «patrón grande, su meré», lejos de los anatemas y sermones de taita curita, lejos de la choza agobiada por los ruidos infernales, lejos de la vecindad de Barranca Grande.
Mucho empeoraron las cosas con la preñez de la longa Trinidad. Los temores crecieron en ella hasta la evidencia de la muerte próxima, de la muerte... Presa de una languidez temblorosa se tendía en medio del trabajo del campo y se quedaba largo tiempo acezando como de pena. Cuando el indio José —cómplice, amor y demonio a la vez— se acercaba a consolarla, Trinidad miraba al cielo encendiendo en sus pupilas de negro abismola desesperación y la súplica. Luego, con voz empapada en lágrimas, murmuraba:
—Quiera... Quiera, taiticu.
—¿Qué, pes?
—Cainar allá en lu altu de las nubes.
—¿En cielu de Taíta Dius?
—Aríii.
—¿Cómu para trepar, pes? Sólu pishco de volandu.
—Volandu con muerte, pes.
—Ave María. Acasu...
—Quieru... Quieru, taiticuuu...
Por toda respuesta el longo se fabricaba mentalmente soluciones de ingenua esperanza para él y para ella: «Cuandu pague la deuda a patrón grande. ¿Este añu será? ¿El otru añu será? Cuándu también será... Para ese entonces hemus de dar plata a taíta cunta y a taita teniente políticu para que amarren legalmente, pes... Matrimoniu de ley Taíta Dius... Hemus de cambiar el huasipungo de Barranca Grande cun terrenu de la ladera... Hemus de estar de buenas con Taíta Dius... Hasta esu aguanta mi más, longuita... Aguanta nu más, guarmi de shungo.»
—Pur caridad, pur guagua doloridu de barriga, nu dejarás... Nu dejarás que vaya a cainar en infiermí, pes. ¡Darasme sepultura de cristianu! —insistía en su angustia llena de malos presagios la india preñada.
—¿Ir al infierau? ¿Pur qué gracia, pes?
—Taiticu...
«Brujeada creu que está cuando piensa en torcer el picu así nu más...», pensaba el indio mirando con recelo supersticioso el cuerpo hinchado de la mujer. A veces traicionaba a su prudencia, a su espesa y taimada prudencia, y en vez de contemplar en silencio de engaño a la preñada, gritaba con coraje resentido:
—Aguanta, pes. ¡Aguanta, caraju!
Un domingo, como todos los últimos de la preñez. Trinidad compró en la pulpería del pueblo una vela de las de a cinco en libra. Y una vez en la iglesia, después de la misa y el sermón, junto a su amante, habló como de costumbre a San Vicente, enseñándole con amenaza infantil la ofrenda que le traía:
—Ve... Ve pes, taitiquitu... Necesitu mismu que me hagas la caridad, ¿Nu estás oyendu?
—Longa bruta. Comu si fuera natural San Vicenticu pide... —murmuró el indio mientras la hembra, arrinconada junto al altar, cara al muro para esconder en parte su impudor, se alzaba camisa y anaco hasta el ombligo, y, entre ayes y quejas, se frotaba con la vela el vientre deforme por los altos meses de embarazo y el sexo pecador. Luego, con femenina naturalidad, coloco en la gran bandeja de hojalata —donde se consumían una veintena de cirios de diferentes tamaños— la ofrenda contaminada con sus culpas olor a infierno. Ese día, al insistir en su ruego, frente al santo, la mujer se contrajo de pronto oprimida por un dolor inaguantable. Un dolor en las entrañas —para ella mordisco del demonio—. Con los ojos enloquecidos, agarrándose el vientre con ambas manos, suplicó al indio José:
—Taitiquitu... Boniticu... Ya nu puedu más con dolur de pecadu. ¡Aquí! ¡Aquicitu duele!
—Ave María. ¿Qué será, pes? ¿Qué nu será, pes?
—¡Taitiquitu! ¡Ya nu puedu! ¡Ya nu puedu mismu! ¡Ayúdame, pes! —insistió Trinidad, pálida y temblorosa.
Temeroso de que el escándalo de las urgencias de su concubina se hagan públicas, el indio agarró como pudo a la preñada y la arrastró hasta el pretil de la iglesia, murmurando:
—Aguanta. Aguanta duro. Un raticu nu más... Hasta cargarte... Hasta llevarte...
En el chaquiñán de la loma la mujer se dio cuenta del camino que llevaban, y, en un momento de oscura desesperación, gritó;
—Nu quiera, taíticu.
—¿Eh?
—Nu quieru huaira malu de Barranca Grande. Nu quieru murciélagu. Nu quieru gashinazu. Nu quieru fantasma de páramu. ¡Nu! ¡Nu quieru cainar cun taita diabiu coloradu!
—¡Aguanta nu más, caraju! —ordenó el indio José aligerando la marcha. Su acezar era largo, profundo, enloquecido.
«Ave María... Muía de pecadu... Muía de taita diabiu parece el longu... Mi longu... Mi diabiu...», pensó Trinidad presa en un vértigo de angustia.
Al siguiente día la parturienta amaneció en una sola queja. El hombre, en vez de ir al trabajo, fue en busca de la curandera. La experta comadrona, una vieja sarmentosa de manos sucias, de párpados enrojecidos, de mechones de cabellera entrecana, olor a boñiga, al entrar en la choza de la enferma miró en su torno con marcado recelo —la fatiga de la cuesta que había ascendido, el temor supersticioso de Barranca Grande—. Se hizo unas cuantas cruces, salmodió oraciones de su gasto particular contra el hechizo, y, luego, interrogó al indio —aturdido por el estado de su hembra—:
—¿Cómu viven, pes, junto a Barranca Grande?... ¿Juntu al huaira malu?... ¿Juntu al cuichi...?
—Pur caridad, cúrele nu más a la pobre guarmi. La pobre...
—La pobre...
Cuando la vieja curandera se acostumbró a la penumbra del lugar y miró de reojo a la india, que en ese instante se revolcaba en el jergón de sucios cueros de chivo y viejos ponchos, no pudo ocultar el diagnóstico, su sabio diagnóstico:
—¡Ave María! ¡Brujeada parece!
—¿Brujeada? —comentó José con un extraño hielo de terror en la sangre.
Sin más comentarios, la vieja sarmentosa desató una bolsa de cáñamo que había traído bajo el brazo como maletín de fino instrumental. Extrajo de ella una cuya preñada, la cual, a pesar de sus convulsivos afanes por librarse, fue entregada al indio. Luego la curandera desnudó completamente a la enferma y le ordenó tenderse boca arriba. Cuando todo estuvo a punto, recaudó la vieja la cuya preñada de manos del indio y con hábil sadismo frotó el cuerpo de la enferma una y otra vez: sobre las piernas prietas y temblorosas, sobre el vientre deforme, sobre el sexo en conato de alumbramiento, sobre el cuello de músculos y venas en tensión de quien trata de soportar un dolor, sobre... La piel del animal, al principio suave y aterciopelada, fue transformándose al calor de la insistencia de la sobadura en fastidio angustio y ardiente de sinapismo. La operación duró —larga, quejosa, inútil— hasta el desmayo de la parturienta y la muerte de la cuya. A la luz de la puerta de la choza, para observar mejor y para que el indio José vea y compruebe en las vísceras del magullado animalito los misteriosos y extraños perfiles del mal que sin duda alguna estaban matando a la pobre Trinidad, la curandera abrió por el vientre a la cuya con un cuchillo de hoja enmohecida y cabo de palo. Hurgó de inmediato las viscosas y sanguinolentas entrañas como si buscara algo definitivo, y, a los pocos minutos de palpar y remover con cuidado extrajo y exhibió un feto diminuto, muerto, mientras murmuraba, consternada:
—Jesús. Taitiquitu. Ave María. Se ve... Se ve nu más claritu... Muertu el guagua dentru de barriga. Muertu está, pes.
—¿Muertu?
—¿Nu está viendu? Pobre guagua. Hechu una lástima.
—Cuy nu más es, pes.
—Así está el guagua en la barriga de la mama. Para saber froté con el animal.
—¿Ciertu?
—Cogidu del cuichi se ve... Cogidu del huaira de Barranca Grande también...
—Cure, pes, entonces, mama señora. ¡Cure, pes! —suplicó José Simbaña en el colmo de su desconcierto. Mas la curandera, por toda respuesta, soltó las vísceras y el animal muerto en el suelo, se limpió una y otra vez las manos en el anaco, ganó la puerta, y, haciéndose cruces y murmurando oraciones para librarse del maleficio que había descubierto, huyo chaquiñán abajo.
El indio, ante la actitud cobarde y esquiva de la única persona que podía curar a su longa, se acurrucó como un perro apaleado junto al jergón. Le quemaba en la sangre algo como un remordimiento ancestral, como una pena llena de oprimido coraje. No creía, no podía creer en todo aquello. Algún espíritu malvado le aconsejó que debía huir como la curandera. Correr cuesta abajo, rodar por la ladera, cruzar el valle, atravesar el bosque, el pantano... No obstante, permaneció inmóvil. No podía abandonar a la longa desnuda que se retorcía y temblaba entre las garras del miedo y de la muerte —para él eran los azotes impalpables del huaira malo y del cuichi maldito—. Quizá debía esperar. ¿Esperar qué? Que... Que Taita Diosito se compadezca: Pero pasaron las horas, y, a medida que pasaban, el espanto venenoso de la superstición crecía en los nervios y la sangre del longo como un impulso loco y delirante, crecía al amparo del susurro del viento que flagelaba de ordinario a la choza, del graznido de las aves de rapiña en el cielo, del ladrido lejano de los perros, de la presencia de los murciélagos en constante acecho.
A ratos —perdida hora de la desorientación—, Trinidad postrábase sobre los ponchos viejos, postrábase en silencio de pulso afiebrado, postrábase de rodillas, en rara imploración. Parecía dormida, ¡muerta! Entonces el runa, con amarga curiosidad, inclinábase sobre ella, junto al rostro y a los senos, sobre el recuerdo de la primera noche del amaño. ¡Sí! Se inclinaba para interrogarla, para... Por desgracia las palabras se le quedaban presas y confundidas en la garganta, en la red de la desesperación y de la ternura. Ellas lograban tan sólo exaltar en la sangre del indio el cariño hacia esa mujer pequeña, miserable, hacia esa hembra que había logrado romper la soledad.
—Caraju. Maldita sea... —era lo único que José Simbaña podía articular en esos momentos.
Más tarde, ella —tranquila, cubierta, sudorosa— abrió los ojos —lánguidos los párpados, raro el aliento— y al hallar a su lado al longo —cómplice y refugio a la vez en el placer, en el dolor, en el castigo y en el gran silencio que se avecinaba—, insistió en su vieja súplica de perdón y de orden, de amparo y de reto:
—Júrame... Júrame, taitiquitu.
—¿Qué, pes?
—Que nu... Que nu carguen a la pobre Trinidad lus diablus comu dice taita cunta.
—Caraju.
—Defenderás me. ¡Defenderasme, taitiquitu!
—¿Cómo pes, longuita?
—Entarrandu cristianamente cuandu tuerza el picu, pes... Nu comu a perru manavali...
—¿Cómu, pes, shunguitu?
—Cun misa de trapu negra en iglesia. Cun vela grande. Cun humu de incensariu. Cun chagrishu de flur blanca. Cun cajún pintadu. Cun responsus de a tres por sucre. Cun agua bendita. Cun...
—Esu será si quieres morir dejandu al longu solititu, abandonadu comu grano de maíz en caminu de punblu, comu...
—Jura. ¡Jura, taiticu!
Desgarradoras las súplicas, enternecedoras 'las lágrimas de la moribunda, arrancaron como de costumbre el juramento sincero y emocionado del indio:
—Buenu, pes, bonifica. Buenu, pes, comp a nerita. Cuandu sea necesariu hemus de hacer nu más: así tenga arrancarme la sangre de las patas y de las manus en el trabaju, así tenga que hundirme vivitu en el pantanu, así tenga que robar el ganadu de la hacienda, así tenga que recibir látigo en el cuerpu shucho... Así todu mismu... Cuandu Taita Dius ordene he de enterrar comu cristianu a longuita.
A la noche todo se agravó. En la luz del fogón que se arrastraba por el suelo la enferma clavó sus ojos afiebrados para posarlos luego —sin control, enloquecidos— en las rendijas de la puerta, donde silbaba el huaira malo; en los huecos de las paredes, donde se acurrucaban los fantasmas, en las junturas de la paja del techo, donde aleteaban los murciélagos. Y, aferrándose al cuerpo de su amante, el cual permanecía junto al jergón, sin desvestirse, murmuró desesperada:
—¡Ya vienen a cargarme! ¡Ya, taitiquitu! ¡Ya!. . ¡Ya...!
—¿Quién, pes? —dijo el longo fingiendo inocencia no obstante saber a lo que ella se refería.
—¡El huaira!
—Oh. ¡Caraju!
—¡El cuichi!
—¡Aquí... Aquí estuy yu para defenderte, pes!
—¡Lus diablus que dice taita cura!
—Aaah.
—¡Lus diablus de Barranca Grande!
—Lus diablus —repitió el en un eco de espanto. Se sentía débil e indefenso ante la maldición del cielo.
Aí tercer día murió Trinidad. Los gritos, las súplicas habían caído en un remanso de espesa fatiga. Después de una leve contracción el cuerpo de la mujer quedó inmóvil —hundidos los ojos, entreabierta la boca, amoratado el rostro—. Quizá el longo la creyó dormida. No obstante, la llamó en voz baja:
—¡Longuita! ¡Shunguitu!
Al no hallar respuesta, pensó en busca de estúpido consuelo: «Nu quiere responder... Nu quiere hablar... Se hace nu más... Pícara... Perú... Igualitu a mortecina de vaca, de perru... ¡Trinidaaad!» Y al cerciorarse de que en efecto su compañera había muerto, el indio gritó hasta enronquecer, hasta que su corazón enloquecido, jadeante, estranguló toda posibilidad de queja. Descansó largo rato acurrucado junto al cadáver. Luego, como un autómata, salió de la choza. Desorientado, vacía la esperanza, se sentó bajo los cabuyos de la cerca del huasipungo. De pronto alguien le advirtió —con el saber intuitivo de la sangre— que tenía que cumplir su juramento, Y una ansia absurda, un desprecio a sí mismo —a su impotencia—, le arrastraron a vagar por el campo. A las pocas horas, al saciar su sed, al apaciguar su fatiga, metiendo la cara en un remanso del arroyo del bajío —como las bestias—, notó que su imagen, negra y borrosa entre las nubes del cielo, repetía la súplica que le hizo su longa: »Júrame... Júrame, taitiquitu... Que nu carguen a la pobre Trinidad los diablus comu dice taita cura... ¡Defenderasme! Cuandu tuerza el picu, pes...»
Sólo entonces él sintió y tuvo la certeza de que alguien muy metido en su corazón había muerto, había desaparecido para siempre, no estaba en ningún lugar para acompañarle.
—Nu, caraju —murmuró al levantarse. Y olfateando en el aire del atardecer la única posibilidad de su destino, se metió por el camino que conducía a la casa de la hacienda. Todo halló adusto e impenetrable, como el razonar y el capricho del «amo, su mercé, patrón grande». Permaneció largo rato junto a los galpones sin atreverse a imponer su presencia. Felizmente, la vieja servicia —la más vieja— sacó la cabeza por la puerta de la cocina e interrogó, altanera:
—¡Veee! ¿A quién buscas, pes?
—A taita amitu, su mercé.
—Nu está aquí.
—¿Y patrún mayordomu?
—A la noche ha de venir.
—Entonces, bonitica... Aquí en el corredur vuy a cainar hasta que venga, pes.
Y cayó sobre él la noche. En una hora perdida y en medio de las tinieblas ladraron los perros. La sombra de un jinete cruzó el patio, de un jinete que dejó el caballo en la estaca del ordeno y se acercó al corredor arrastrando con pesadez zigzagueante las espuelas. Un tufillo a chicha y aguardiente anunció al indio Simbaña la presencia del mayordomo, la presencia de quien podía sacarle del apuro.
—Patroncitu —murmuró el longo acercándose a la sombra de aquel hombre que, al sentirse perseguido, interrogó altanero:
—¿Quién eres, carajo?
—Yu, pes, taitiquitu. Jusé Simbaña.
—¿Simbaña?
—El de arriba... El de Barranca Grande...
—¡Ah! [Ya! El runa perdido, el runa ocioso. Por fin asomaste, carajo.
—Muriendu mujer, pes.
—¿Mujer? ¿Qué mujer? ¡ah! Ya sé, carajo. Estabas amañándote. ¡Indio corrompido!
—Ave María. Vengu a rugar pes, patroncitu. Por vida de su mercé. Que me haga la caridad de adelantarme un algu para poder enterrar a la guarmi.
—Indio condenado, borracho, perro. Después de que debes un dineral de plata.
—Nu ha de ser tanto, patroncitu.
—¿No ha de ser tanto? Cerca de cien sucres... Para más de un año...
—Pur caridad, patroncitu. Pur vida de su mercé. Por Taita Dius...
Los carajos, los insultos y las amenazas del cholo mayordomo aplastaron las insistentes súplicas del indio Simbaña. Al final, el chasquido de un acial sin condescendencias cortó la voz suplicante. Satisfecho y libre —había huido como rata la victima inoportuna—, el cholo mayordomo arrastró su embriaguez de exaltado machismo hacia el interior de la casa.
A la mañana siguiente —después de pasar la noche en un galpón abandonado—, José Simbaña tampoco tuvo buena acogida entre las comadres y los chagras del pueblo. La fritadera Eulalia Chávez, al escuchar la pretenciosa solicitud de dinero adelantado por un problemático negocio que proponía el runa, quedó mirando al solicitante como sí dudara de su cordura. Luego concluyó altanera:
—¿Estás borracho o qué? ¡Mejores propuestas he tenido! ¿Dónde has visto fiar así no más plata a los naturales, pes?
—Para enterrar a guarmi muerta.
—¿Guarmi muerta? ¿Qué guarmi tienes, indio mentiroso?
—Pur caridad, patronita, su mercé. Puerquitu he de entregar baratu cuando sea grande.
—Para emborracharte has de querer la plata. No. ¡No tengo! ¡Busca a otra tonta!
—Pur caridad, patronita.
—¡Fuera de aquí, indio porfiado!
—Patronita...
—¡Jacintooo! ¡Ven a sacar a este runa, que se ha puesto atrevido, grosero!
—¡Fuera de aquí, carajo! Indio borracho, indio puerco...
José Simbaña golpeó todas las puertas conocidas, relató una y otra vez su tragedia, ofreció enajenar en cualquier forma su trabajo, sus animales, sus... —no obstante estar él y sus cosas enajenados para toda la vida en el latifundio—. Suplicó con manía fastidiosa, pidió hasta el desconcierto de un ebrio. Todos, absolutamente todos, le miraron con el mismo asombro de la fritadera, todos le echaron a patadas, a empellones. Y cuando se puso muy pesado todos se libraron de él con los perros. Así le sorprendió la noche y durmió en un corredor. A punto de desesperar, recordó el huasipungo de sus padres: taíta Luis y mama Rosa. ¡Oh! Tendría que pedirles perdón, llorar de arrepentimiento por haberles abandonado. Sin embargo, aquello no era un obstáculo. Por el contrario, deseaba con vehemencia —instinto que busca amparo— hundir su amargura en la cólera y en los reproches de los suyo?.
Los viejos —taíta y mama—, llenos de gratitud por la sorpresa largamente esperada, recibieron al hijo con alegría. Al verle entrar por el corredor de la choza, humilde, dispuesto a pedir perdón, pensaron: «Quien asíviene estandu enojadu, debe venir cun gran dolur.»
Mama Rosa le llamó con su habitual dulzura de sanjuanito de velorio:
—Mi guagua... Mi guagua brujeadu...
Y taita Luis, después de rascarse la cabeza y mirarle de arriba abajo, le dio unas palmaditas en el hombro.
Todo encontró igual en la tierra de su infancia: el ashco impertinente y sarnoso, el maíz enano, amarillento como de madurez prematura, el tendido de ocas al sol en el patio, los cerdos y las gallinas junto a los hermanos pequeños, h. mazamorra en la cazuela de barro, la cama en el suelo de trapos y de cutules secos donde pudo dormir con pesadez animal.
Cuando taita Luis y mama Rosa se enteraron del motivo y de la razón de la vuelta del «guagua brujeado», ofrecieron enterrar a la longa como buena cristiana.
—Aun cuandu tengamus que vender lus puerquitus y lus borreguitus del compadre que dejú al partir —ofreció el viejo.
—Anda nu más, guagua. Ya seguimus nosotrus llevandu platica —concluyó mama Rosa con esperanza balsámica.
Corrió el longo José Simbaña por los chaquiñanes. Una felicidad acezante le golpeaba en los poros. No podía, le era difícil creer en la solución amable, caritativa que dieron los viejos a su amargura.
Al entrar por el sendero de la ladera de Barranca Grande miró el indio con temor agradecido al cielo, al cielo donde descubrió a una veintena de gallinazos que revoloteaban en círculos cadenciosos. «Ave María...Taitiquitu... ¿Qué será, pes?», se dijo por algo que mordía con indefinida angustia en su sospecha. ¿Sospecha de qué? De nada.... De todo... Trató de dialogar entonces —frases truncas, sordos impulsos— con cuanto le rodeaba, con cuanto iba surgiendo ante sus ojos en la carrera: las piedras de los senderos, el barro de las cunetas, los yuyos verdes, las boñigas húmedas, las rocas duras, la arena caliente. Al torcer el último recodo y aproximarse a la cerca de su choza un olor a mortecina se le anudó en la garganta con violencia de grito y maldición. ¿Qué? ¿Quéee? Atento, un perder el aletear extraño, diabólico; el aletear que golpeaba en el aire, que imitaba el pulso de] infierno, el longo olfateó como un perro hambriento en el aire. Le aturdían los malos presagios, las absurdas interrogaciones.
—¿Quién será, pes? ¿Quién será que golpea así? Comu diablu mismu... Comu...
Y sacó la cabeza por detrás de unos cabuyos. ¡No! Había sorprendido algo que... Algo que le aplastaba de horror, algo para enloquecer. Más... Más de una veintena de gallinazos, pesados, retintos, hediondos, se movían y llenaban el patio del huasipungo, frente a la choza. Entre sus patas, entre el aleteo de su disputa, había alguien. ¡Alguíeecn! Algunos —los hartos— reposaban plácidamente por los rincones. Otros, los más voraces e insaciables, picoteaban en un ser —montón de vísceras humanas—. Distinguió las piernas, los brazos, una cara sin ojos. Era... Era ella, que había sido arrastrada por los demonios desde el jergón hasta la puerta, hasta el patio.
—¡Carne de cristiana! ¡Mi longuita Trinidad es, pes! —gritó José Simbaña sin saber cómo debía actuar. Pero el eco de una voz intima, de un recuerdo amoroso le anunció: «Lus diablus de Barranca Grande, pes... Esus mismitus sun... Esus mismitus... En forma de gashinazus... Negrus, hediondus... Lus diablus que dice taita curita, pes...» Pero el encuentro con lo que él creía los demonios infernales, en vez de acobardarle como de costumbre, en vez de envolverle en la pesadilla de la fuga, le imprimió violencia y coraje ciegos en sus músculos. Estaba el grito de ella de por medio. El grito que le hervía como un huracán en la sangre. Miró... Miró como un toro al embestir el cuerpo despedazado de su Trinidad. Saltó sobre la cerca gritando:
—¡Mí guanni! ¡Mi guarmi, carajuuu! ¡Mi ricurishcaaa! ¡Mi pecadu grande!
Aturdido por el vuelo de las aves, que huyeron ante aquella extraña presencia, el indio se quedó inmóvil unos segundos, inmóvil como si le hubieran clavado para siempre, hondo, entre los trapos, entre las bayetas, entre los huesos mal pelados, junto a la cara sin ojos, junto al pecho despellejado, junto a los senos con profundos picotazos de su Trinidad. Algo como una orden, como una urgencia hormigueante y desesperada, como un grito de pánico, emanaba de aquel cuadro trágico. Emanaba y ascendía —tibio, viscoso— por las piernas, por el vientre, por las espaldas, por la garganta del indio desconcertado. Sí. Aquello era a la vez una maldición y una súplica: «Júrame... Júrame, taitiquitu... Defenderasme para que nu carguen a la pobre Trinidad lus diablus corau dice taita cura... Enterrarasme comu cristianu, nu corau animal... Defenderasme, pes, taitiquitu... ¡Nu! ¡Nu dejarás que carguen lus diablus de Barranca Grande...! Comu quiera mismu ayudarás a la pobre...»
Desconcertado y furioso miró José Simbaña en su torno. ¿Qué? ¿Qué podía hacer él contra esas aves malditas que le rodeaban, que huían poderosas? ¿Cómo podía por lo menos salvar los pedazos de su longa querida? ¿Cómo?
—¡Nu, caraju! ¡Maldita sea! —exclamó el indio lanzándose alocadamente por todas partes contra los gallinazos —hacia la cerca erizada de espinos, hacia el techo de la choza, hacia el pequeño chiquero vacío, hacia el cielo inalcanzable.
El fracaso del longo en su cacería absurda, escurridiza, violentó más y más la ceguera del coraje. Corría, saltaba, iba de un lado a otro. ¿Pero cuál era su insensato objetivo? Quizá rescatar del buche de los demonios 'los restos de su querida hembra, de lo que fue para él la dulzura efímera del jergón, la compañía silenciosa en el trabajo, en los largos caminos, en las turbias borracheras y en los angustiosos churhaquis. ¡Su guarmi! Como un pelele desarticulado siguió en su intento, siguió en pos de los demonios alados que se burlaban de él revoloteando en su torno para luego alejarse. ¡Alejarseee! Fue tras ellos a lo largo del campo pedregoso —gritando, maldiciendo, saltando—.
Atraído siempre por las aves negras y escurridizas, hecho un nudo de coraje, destilando odio de impotencia, en ansia sin alas, 'llegó al filo de la Barranca Grande. Con los brazos y todas las maldiciones de su rebeldía en alto, hizo equilibrios escalofriantes entre las rocas voladas al abismo por atraer a los demonios que se llevaban su propia entraña. ¡Oh! Pero ellos eran más ágiles, saltaban más alto, y, al final, alzaban el vuelo para luego hundirse definitivamente en la Barranca Grande.
«Van hacia el infiernu que dice taita cura, carajuuu... Cun mi guarmi en el buche... ¿Pur qué, pes? ¿Pur quéee?», se dijo el indio en lo más alto de su desesperación, sin mirar hacia el fondo de la boca gigantesca de la tierra de muros de piedra calcinada, mientras la voz íntima y querida de Trinidad insistía: «¡Júrame..., Júrame, taitiquku... Defiéndeme, pes... ¿Dónde... Dónde estás...? ¡Ahura, longuitooo, shunguitooo!» Insistía la voz alparecer —orden y súplica de la muerta— desde los buches hinchados y desde el pico y las garras sangrantes de las aves.
—¡Nu, nu, caruju! ¡Mi guarmi! ¡Mi shunguiticuuu! —estalló en un alarido epiléptico el indio. Y, desde el filo más alto de la roca donde se hallaba, un ciego impulso por fundirse y obedecer al ruego ilusorio de su desgraciado amor le obligo a extender el poncho en actitud de vuelo para dispararse entero hacia el abismo como una piedra que traga la sima.

TAREA:

Leer el cuento y subrayar las palabras que corresponda al dialecto propio de los indígenas