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lunes, 20 de mayo de 2013

CONCURSO DE ORTOGRAFÍA

CONCURSO DE ORTOGRAFÍA

El concurso de ortografía se realizará el día de mañana; martes 21 de mayo. A la 13h00 todos pasan a formarse donde normalmente se forman, llevan dos bancas y tres marcadores, cada uno escribirá dos palabras como en los simulacros se practicó.

Atentamente.,


Fabián Navas
Su maestro que los aprecia.

RECUPERACIONES

RECUPERACIONES
Se pone en conocimiento de los estudiantes de los octavos años paralelos K, L, M, N y O que esta semana habrá recuperaciones en dos notas muy importantes:

TRABAJOS DE LA CASA ABIERTA:
Los trabajos para la casa abierta equivalían a la nota de la evaluación de bloque 5, por tanto los que no presentaron ningún trabajo tienen cero, así como también derecho a recuperación.

Temas de recuperación:
Cuentos 14, 15 y 16
La canción
La crónica
Oración; sujeto y predicado - modificadores del predicado.
Todas las palabras de ortografía.

ORTOGRAFÍA
En el bloque 5 tenemos 3 notas de ortografía, las cuales pueden ser recuperadas con las siguientes actividades:

Por cada nota que usted necesite recuperar tiene que escribir 20 oraciones con las palabras del concurso, resaltando la palabra usada, como se muestra en el ejemplo:

Los herbívoros comen todo tipo de plantas en su dieta.

NOTA: En el caso de los estudiantes del octavo L, tendrán que realizar el doble de la tarea como ya se mencionó.


viernes, 10 de mayo de 2013

COMUNICADO URGENTE

urgente

SE INFORMA QUE EL LUNES 13 SE RECOGERÁN LOS PRODUCTOS COMUNICACIONALES DE  LAS NUEVE OPCIONES DE TRABAJO Y QUE ESTE TRABAJO SERÁ LA NOTA DE LA EVALUACIÓN MENSUAL DEL BLOQUE No. 5

EVALUACIÓN VOCABULARIO 13

EVALUACIÓN - VOCABULARIO

TEMA: Ejercicios de contextualización de las palabras nuevas de los cuentos 14 Y 15. recuerde que la contextualización es un ejercicio que nos permite deducir el significado de una palabra por las otras palabras dentro de una misma frase.

Fecha de evaluación, lunes 13 de abril del 2013 en las respectivas horas de clase

CUENTO 16


LOS HERMANOS CUILLOR
Jorge Anhalzer
Mitos y cuentos de pueblos antiguos

La Mama Tigre estaba cazando dentro del bosque, cuando encontró un par de huevos azulados, como de pava de monte. Delicadamente los tomó con sus afelpadas zarpas y los llevo a su guarida para cuidarlos. Ahí, en su casa, los abrigó amorosamente y, luego de un tiempo, rompiendo el cascaron, nacieron los dos hermanos Cuillor. Parecían unas pequeñas garzas, pero con el pico más largo y curvo.
El marido Jaguar, después de su diario trajín por la selva, llegó por la noche a la ca­sa y preguntó por la merienda. La mujer que conocía el apetito de su esposo, escondió a los dos hermanos para que no se los comiera; pero el sospecho algo, pues su fino olfato di la alarma y quiso buscar que había de especial en la cocina. La astuta Mamá Tigre, rápidamente le sirvió una sabrosa guangana.
Mama Tigre, día a día, alimentaba a los pequeños, y los escondía para que no cayeran en la panza de su marido. Así fueron creciendo los hermanos Cuillor, guardados en secreto por el amor de la esposa del jaguar. Cuando crecieron, se volvieron gente: dos hermosos y gallardos muchachos.
Ya jóvenes, comenzaron a salir cuando el jaguar andaba de cacería. En sus caminatas, conocieron los montes y los ríos, y aprendieron los conocimientos y las costumbres de otras gentes y de los animales. Así se enteraron de los atropellos y daños que causaba el jaguar, de cómo se comía a los pequeños y aniquilaba a toda clase de animales. Los hermanos decidieron hacer algo contra este mal y, después de pensarlo mucho, le prepararon una trampa. Como sabían que le gustaba la música, construyeron una casa de palo duro, allá en lo más alto del Galeras. Ahí permanecieron muchos días tocando música, hasta que el tigre fue a cazar por esos lados. El tigre, oyendo, oyendo, se iba acercando, hasta  que  una  vez adentro, se sentó en un banquito para deleitarse con la música. Cuando lo vieron así, ensimismado y concentrado en el atrayente ritmo los hermanos aseguraron la puerta y escaparon, dejándolo encerrado en su prisión de palo.
Tiempo después, advirtieron que el gavilán también abusaba de los demás. Se llevaba las pequeñas crías y devoraba a indefensos animales. No querían que causara más daño e inventaron una artimaña para librarse de él. Pusieron brea en el pa­lo en el que solía pararse para escoger a sus víctimas. Apenas asentó sus patas, se quedó pegado. Los hermanos lo atraparon y lo llevaron hasta un matapalo hueco. Ahí lo encerraron entre las raíces retorcidas, a pesar de sus ofrecimientos de volverse bueno.
Asimismo, supieron, porque les contaron los quichuas, que a las orillas del río, haciendo olas con el movimiento de su viscoso cuerpo frío, salía la boa y se comía a la gente desprevenida que se acercaba a pescar o en busca de agua. Los hermanos tejieron una fuerte red de chambira y la usaron pa­ra atrapar a la escurridiza boa. La boa quedo enredada y, a pesar de sus sacudidas, no logró li­berarse, pues estaba sujeta por la nariz. Los hermanos levantaron el inmenso bulto y lo arrojaron en una profunda cocha, rodeada de montes altísimos para que no hiciera más daño.
También recibieron quejas, y ellos mismos fueron testigos de los destrozos ocasionados por los rayos en las tormentas. Partían las ramas de los arboles e incendiaban las chozas de la gente. Estaban condolidos por los infortunios que padecían los pobladores de la selva y, decididos a todo, se fueron en busca del rayo. Caminaron por los montes y las ciénegas y lo encontraron durmiendo detrás de una gigantesca piedra. Allí mismo lo atravesaron de lado a lado con una lanza de chonta. La mujer rayo oyó gritar a su marido y, al verlo sin vida, corrió para salvarse. Escapo siseando por el aire.
El pueblo quichua vivió entonces tranquilo por un largo tiempo, sin nadie que lo molestara, hasta que un día hubo un gran temblor. Las entrañas de la tierra se sacudieron; las peñas se resbalaron desde las montañas; se taponaron los ríos; los árboles cayeron y las casas se fueron al suelo. La pared de la prisión de palo de Galeras se estremeció y quedó agrietada; el tigre de un zarpazo la tumbó y bajó del cerro en busca de los hermanos Cuillor. El matapalo donde vivía aprisionado el gavilán, se desgarró. El gavi­lán sacudió sus alas, esparció las astillas las y se elevó. Desde la altura, miraba hacia abajo en busca de sus captores, los hermanos Cuillor. La boa bajó en una correntada que se abrió paso por una abertura entre las montañas, hasta que quedó un poco maltrecha en una palizada. Ni bien salió a la orilla, preguntó a todo el que asomaba por los hermanos Cuillor. La mujer del rayo tam­bién dejaba escuchar su ira en medio de la tempestad. Tronaba y lanzaba sus furiosos relámpagos. El ruido atronador alertó a los hermanos, que vieron aparecer a la mujer rayo con su cabellera llameante y los puños crispados. También iba interrogando a gritos a los asustados habitantes de la sel­va: donde están los hermanos Cuillor?
En esos tiempos, cuando el mundo era más nuevo, el cielo era todavía bajo. Si se arrojaba una lanza con suficiente fuerza, desde las ramas altas de los árboles se lo podía alcanzar. Eso hicieron los hermanos Cuillor. El más fuerte disparó una lanza y trepo hasta el cielo por una cuerda que había amarrado en un extremo. Desde arriba, arrojo la cuerda a su hermano menor. Este la sujeto a una ca­nasta, se acomodó en ella y espero a que su poderoso hermano lo subiera. Una vez arri­ba, en la bóveda del cielo, se transformaron en estrellas. Ni la mujer rayo y ni siquiera el gavilán, cuyas alas lo llevaban a lo más alto, los podrían alcanzar; mucho menos lo harían el tigre y la boa, por más que treparan a los árboles.
Antes de su partida, los dos hermanos habían sido amados por una misma mujer. Nadie sabía si era del uno o del otro. Ella se quedó llorando y, al ver que no mandaban a recogerla, de resentimiento y enojo, se arañaba la cara y se la refregaba con lo que encontraba a mano: las hojas de las plantas, el lodo del suelo, la ceniza del fogón. Un día bajo una canasta para recogerla, ella se apresuró a subir, no le importó estar sucia y manchada... Pero nunca alcanzó a llegar donde estaban los hermanos. Se convirtió en la Luna y los mira, suspirando, desde lejos. Todavía se pueden ver en su rostro las manchas que le quedaron, pero eso no le quita su hermosura ni su encanto.

TAREA:
1. LEER EL CUENTO
2. REALIZAR EL EJERCICIO DE CONTEXTUALIZACIÓN, es decir, colocar el posible sinónimo a partir del contexto de una palabra nueva.
3. NO hacer las fichas lexicales

domingo, 5 de mayo de 2013

CUENTO 15


 NAIMLAP, EL HOMBRE PÁJARO
Mito Maya – Quiche
Cómo surgieron los seres y las cosas, Martha Muñoz de Coronado

Era de noche, pero las balsas seguían avanzando. Hartos de la guerra y la miseria, hombres y mujeres audaces buscaban nuevos horizontes. Se enfrentaban a una tarea difícil, con muchas penurias. Algunas balsas desaparecían en tormentas, otras se extraviaban. El cansancio, la sed y el frio los azotaba.
En el grupo, había un hombre que transmitía confianza a los demás. Se llamaba Naimlap. Era pequeño y de voz cálida. Sus ojos grandes y negros, como de pájaro, cautivaban a quien los mirara. Su balsa de totora era igual a las otras, pero tan ligera que parecía volar sobre el océano. Lo acompañaba su mujer llamada Ceterni. Los dos tocaban suaves melodías que tranquilizaban a los hombres, los hacía olvidar sus penas y problemas. Gracias a sus dones y capacidad, Naimlap se había convertido en un jefe muy querido por su pueblo.
Una noche, mientras proseguían aquella interminable travesía, el temor invadió a Naimlap. Alzo la voz y dijo:
—Luna, amiga mía, me prometiste una tierra generosa. Te he seguido con mi pueblo, pero tú nos has abandonado; ya ni tú ni las estrellas nos alumbran en la noche.
Asomando por las nubes, la luna le contestó:
—Sigue tu camino. El mar te llevará a donde te prometí.
Continuaron navegando. Los inconvenientes aumentaban. La gente empezaba a desesperarse. Esta vez Naimlap se quejó al mar. Este, conmovido, le contestó:
—Calmate. Levanta los ojos y verás la tierra que ansías.
En ese momento, los músicos soplaron sus caracoles. Entre la muchedumbre, que cantaba, sobresalió la voz de Naimlap:
—jSaltemos a tierra! Demos gracias a nuestros dioses. Al fin hemos encontrado el lugar ideal para vivir.
El jefe caminó sobre polvo de conchas marinas, que el encargado Fonga Sigde había derramado sobre la nueva tierra. Entusiasmados, los hombres desembarcaron en una playa de arena, y empezaron a recorrer los contornos. Después de unas horas, comprobaron que era una tierra fértil donde abundaban el agua dulce y los animales silvestres. Decidieron establecerse allí, en el sitio que más tarde llamaría Lambayeque.
Construyeron casas de adobe. En cada una colocaron una estatua verde, semejante al buen jefe Naimlap. Continuaron con ceremonias de agradecimiento, en las cuales los danzantes fueron acompañados por Pita Zofi, el más hábil tañedor de caracoles.
Cada día se organizaban mejor, se dividían las tareas y cada uno colaboraba en el bienestar común. El buen jefe trabajaba con la gente y les ensenaba nuevas técnicas. Así fue como unos aprendieron a hacer chicha de maíz, que apagaba la sed y jamás faltaba en las fiestas. Otros confeccionaban ropas con plumas de ave y bordaban tejidos esplendidos. Unos se dedicaron al maquillaje, se pintaban sus caras, diferenciándose así los rostros según las labores que desempeñaban. Y muchos se dedicaron a la pesca. Estos primeros artesanos les enseñaron a sus hijos y estos a los suyos, y así sucesivamente. Con el tiempo, el pueblo se hizo grande y famoso. La figura de Naimlap tenía un poderoso significado. Los hombres se habían acostumbrado a respetarlo y honrarlo.
Pero algo les preocupaba, el rostro de su amado señor reflejaba una tristeza que no podía disimular.
Una mañana, Naimlap desapareció. Lo buscaron en su casa y en los alrededores, pero fue en vano. La inquietud era general. Alguien dijo que había escuchado la misma voz que le habló durante la travesía y que esta le dijo que era el momento de partir, de regresar, y que Naimlap se había ido volando con unas alas inmensas.
La pena se apodero del pueblo. Nadie durmió aquella noche. Casi todos esperaron la vuelta del jefe durante varios días. Algunos salieron a buscarlo sin detenerse. Pita Zofi tocaba su caracol con una intensidad que nunca antes había logrado; creía que, al oírlo, Naimlap volvería.
Una mañana, cuando Pita Zofi concluía una melodía, los demás vieron una bandada de aves que seguía a un pájaro grande y brillante, en dirección a la luna. Según los jefes, aquel pájaro era Naimlap y el pueblo conservó para siempre esa creencia.

TAREA:
Realizar el ejercicio de contextualización de cada una de las palabras resaltadas.

domingo, 21 de abril de 2013

AVISO IMPORTANTE

MUY IMPORTANTE

A TODOS LOS Y LAS ESTUDIANTES QUE MAÑANA (LUNES 22) PUEDAN LLEVAR UNA GRAPADORA SERÁ DE GRAN AYUDA PUES TENEMOS QUE GRAPAR LOS PEQUECUENTOS.

MUCHAS GRACIAS POR SU COLABORACIÓN

EL LUNES 22 NO HABRÁ EVALUACIÓN DE NINGÚN TIPO.

domingo, 14 de abril de 2013

EVALUACIÓN


------Gifs Animados - Imagenes Animadas
Imagenes Animadas - Gifs Animados-----


Recuerden que esta semana no hay evaluación de vocabulario porque vamos a trabajar desde el lunes 15 ortografía para el concurso de la siguiente semana.

Por favor estudie ortografía desde la palabra 101 hasta la 218


lunes, 8 de abril de 2013

PROYECTO DÍA LIBRO - IMPRIMIR TODOS

PLAN DE TRABAJO POR EL DÍA DEL LIBRO

ANTECEDENTES (POR QUÉ SE HACEN LAS COSAS)
El día del libro es una celebración mundial, al cual deseamos darle mayor importancia dentro de la institución, pues es importante que los y las jóvenes amen el leer, amen los libros.

DÍA DE EJECUCIÓN
El día del libro se celebra el 23 de abril, que este año será martes.

ACTIVIDADES EN LAS QUE PUEDE PARTICIPAR

1. CANCIÓN
Participantes: Pueden participar los chicos y las chicas que fueron preseleccionados de cada aula. La participación de los cantantes puede ser en parejas o individual y además pueden tener un asistente para todo el apoyo logístico como el maquillaje, el vestuario, las letras de las canciones, etc.
Trabajo a desarrollar:  Deberán mejorar las canciones que escribieron, memorizarlas totalmente, adecuarlas al ritmo elegido, pulir su desenvolvimiento en el escenario  y finalmente cantarla frente al público el día del libro.

2. ESCENIFICACIÓN
Este trabajo consiste en dramatizar de forma primaria un cuento de terror; alguien narra un cuento de terror y el resto del grupo ejecuta las escenas más relevantes  de la narración, en este tipo de trabajo los que representan a los personajes no dialogan, sólo hacen mímica.
Participantes; Este trabajo puede ser desarrollado por grupos de hasta 7 personas (como límite) que son los que narran y representan lo narrado. Además pueden contar con un grupo de apoyo de 3 personas para maquillaje, manejo de vestuario y sonido.
Trabajo a desarrollar: Deberá seleccionar un cuento de los constan en el proyecto (ver listado) elegir alguien que narre el cuento de terror, los otros elegir una escena y representarla de forma mímica, de preferencia los chicos y las chicas deben trabajar con máscaras, pues eso ayuda mucho a ocultar las emociones.
Cuentos para el proyecto; Los cuentos están a disposición en la pestaña; CUENTOS DÍA LIBRO
1.      Maríangula
2.      La máscara de la muerte roja
3.      Medium
4.      Con el diablo de su parte
5.      Las ratas del cementerio
6.      Vico y el duende
7.      Mujima
8.      La llorona
9.      La pata de mono
10.  La decisión de Randolp Carter
11.  Corazón delator
12.  El huiña huilli.

Nota: si se desea trabajar con otro cuento a más los citados en el listado, se debe pedir autorización del maestro.

3. PERSONIFICACIÓN
Este trabajo trata de vestirse como un personaje de un cuento; el lobo feroz, la caperucita roja, Hansel y Gretel, Una bruja, Duendes, lobos… o cualquier otro personaje. Y contar algo totalmente distinto a lo que se acostumbra a escuchar acerca de este personaje.
Participantes; en este caso la participación es individual, también puede ser grupal en caso de que elijan personajes de una misma historia, por ejemplo; Hansel, Gretel y la bruja, en este caso el grupo sería de tres, pues son tres los personajes de esta historia.
Trabajo a desarrollar: El o los participantes deben elegir un personaje y escribir un argumento acerca de lo que van a contar al público. Lo que se cuente debe ser contrario a lo que se conoce de ese personaje, por ejemplo; el lobo pueden contar que en realidad fue caperucita roja la que le llevó al bosque, que él era un lobo silvestre, libre y alegre y que un día apareció una niña que le dijo que la acompañara y que desde ahí lo tiene como su esclavo…

4. JUEGOS CON PALABRAS
En este caso se pueden desarrollar varios juegos; crucigramas, sinónimos, antónimos, sopas de letras y ahorcado.
Participantes; Los grupos pueden ser de cuatro personas
Trabajo a desarrollar: Cada grupo deberá trabajar con el maestro las temáticas de los juegos de palabras, para luego ser construidos. También deberán procurarse premios simbólicos para todos los participantes. También deberán construir reglas de participación para declarar ganadores.

5. VIDEOS
Se equipara un aula para proyectar cortometrajes de terror.

6. OTRAS PROPUESTAS ADICIONALES
Para las personas o grupos que deseen tener otro tipo de participación deberán explicar su propuesta al maestro en la siguiente clase para ser aprobado o desaprobado.

7. NOTA FINAL
Todos y todas deben tener en cuenta que esta actividad será calificada y tendrá las siguientes notas:
Trabajo grupal
Trabajo individual
Evaluación de bloque

En caso de algún alumno o alumnos no intervenga en alguna de las actividades planteadas la notas de su trabajo serán evaluadas sobre 7 puntos.

Atentamente.,



Fabián Navas
Maestro de lengua y literatura.

domingo, 7 de abril de 2013

EVALUACIÓN - VOCABULARIO

TEMA: Ejercicios de contextualización de las palabras nuevas de los cuentos 13 y 14. recuerde que la contextualización es un ejercicio que nos permite deducir el significado de una palabra por las otras palabras dentro de una misma frase.

Fecha de evaluación, lunes 8 de abril del 2013.

domingo, 31 de marzo de 2013

FICHAS LEXICALES


RECUPERACIONES - DE OPORTUNIDAD.

¡¡¡¡¡¡ DE OPORTUNIDAD!!!!!!

PARA LOS QUE LEEN EL BLOG.

ESTE DÍA LUNES SE REVISARÁ LOS DIARIOS DE LAS PERSONAS QUE NO HAN PRESENTADO, DEBE LLEVARLOS CON EL ACTA DE INCUMPLIMIENTO FIRMADO POR SUS REPRESENTANTES Y LOS PUEDEN PRESENTAR ANTES DE CLASE, EN RECREO Y DESPUÉS DE CLASE.

EL DÍA MARTES SE TOMARÁ NUEVAMENTE LA RECUPERACIÓN DE ORTOGRAFÍA.

APROVECHE LA PROMOCIÓN, SOLO POR TIEMPO LIMITADO.

EVALUACIÓN - VOCABULARIO

¡¡¡¡¡¡¡URGENTE!!!!!!!

EN ESTA SEMANA NO HABRÁ EVALUACIÓN DE VOCABULARIO, PUES TENEMOS QUE EVALUAR LA CANCIÓN DESDE EL DÍA LUNES HASTA FINALIZAR.

POR FAVOR PREPARAR LA CANCIÓN EN CUALQUIERA DE LAS DOS MODALIDADES, LA ELECCIÓN DEL ORDEN SERÁ POR SORTEO ASÍ LE PUEDE TOCAR A USTED.

CUENTO 14


LADRÓN DE SÁBADO
Gabriel García Márquez

       Hugo, un ladrón que sólo roba los fines de semana, entra en una casa un sábado por la noche. Ana, la dueña, una treintañera guapa e insomne empedernida, lo descubre in fraganti. Amenazada con la pistola, la mujer le entrega todas las joyas y cosas de valor, y le pide que no se acerque a Pauli, su niña de tres años. Sin embargo, la niña lo ve, y él la conquista con algunos trucos de magia. Hugo piensa: « ¿Por qué irse tan pronto, si se está tan bien aquí?» Podría quedarse todo el fin de semana y gozar plenamente la situación, pues el marido -lo sabe porque los ha espiado- no regresa de su viaje de negocios hasta el domingo en la noche. El ladrón no lo piensa mucho: se pone los pantalones del señor de la casa y le pide a Ana que cocine para él, que saque el vino de la cava y que ponga algo de música para cenar, porque sin música no puede vivir.
       A Ana, preocupada por Pauli, mientras prepara la cena se le ocurre algo para sacar al tipo de su casa. Pero no puede hacer gran cosa porque Hugo cortó los cables del teléfono, la casa está muy alejada, es de noche y nadie va a llegar. Ana decide poner una pastilla para dormir en la copa de Hugo. Durante la cena, el ladrón, que entre semana es velador de un banco, descubre que Ana es la conductora de su programa favorito de radio, el programa de música popular que oye todas las noches, sin falta. Hugo es su gran admirador y. mientras escuchan al gran Benny cantando Cómo fue en un casete, hablan sobre música y músicos. Ana se arrepiente de dormirlo pues Hugo se comporta tranquilamente y no tiene intenciones de lastimarla ni violentarla, pero ya es tarde porque el somnífero ya está en la copa y el ladrón la bebe toda muy contento. Sin embargo, ha habido una equivocación, y quien ha tomado la copa con la pastilla es ella. Ana se queda dormida en un dos por tres.
       A la mañana siguiente Ana despierta completamente vestida y muy bien tapada con una cobija, en su recámara. En el jardín, Hugo y Pauli juegan, ya que han terminado de hacer el desayuno. Ana se sorprende de lo bien que se llevan. Además, le encanta cómo cocina ese ladrón que, a fin de cuentas, es bastante atractivo. Ana empieza a sentir una extraña felicidad.
       En esos momentos una amiga pasa para invitarla a comer. Hugo se pone nervioso pero Ana inventa que la niña está enferma y la despide de inmediato. Así los tres se quedan juntitos en casa a disfrutar del domingo. Hugo repara las ventanas y el teléfono que descompuso la noche anterior, mientras silba. Ana se entera de que él baila muy bien el danzón, baile que a ella le encanta pero que nunca puede practicar con nadie. Él le propone que bailen una pieza y se acoplan de tal manera que bailan hasta ya entrada la tarde. Pauli los observa, aplaude y, finalmente se queda dormida. Rendidos, terminan tirados en un sillón de la sala.
       Para entonces ya se les fue el santo al cielo, pues es hora de que el marido regrese. Aunque Ana se resiste, Hugo le devuelve casi todo lo que había robado, le da algunos consejos para que no se metan en su casa los ladrones, y se despide de las dos mujeres con no poca tristeza. Ana lo mira alejarse. Hugo está por desaparecer y ella lo llama a voces. Cuando regresa le dice, mirándole muy fijo a los ojos, que el próximo fin de semana su esposo va a volver a salir de viaje. El ladrón de sábado se va feliz, bailando por las calles del barrio, mientras anochece.

TAREA:
1. LEER EL CUENTO
2. REALIZAR EL EJERCICIO DE CONTEXTUALIZACIÓN, es decir, colocar el posible sinónimo a partir del contexto de una palabra nueva.
3. Hacer fichas lexicales de las palabras resaltadas en el texto, NO COLOCAR LOS SINÓNIMOS.

Insomne, persona sin sueño.
Empedernida, Que tiene una costumbre o un vicio muy arraigado
Cava, lugar donde se elabora y conserva este vino.
Somnífero, sustancia que provoca sueño.
Acoplan, acoplar, Unir entre sí dos piezas o cuerpos de manera que ajusten perfectamente.

martes, 26 de marzo de 2013

RECUPERACIÓN DE VOCABULARIO

RECUPERACIÓN DE VOCABULARIO

VOCABULARIO, 8, 9, 10 Y 11. La recuperación sirve para modificar las notas de las evaluaciones, 8, 9, 10 y 11.

TEMAS: significados de los cuentos, 10, 11, 12 y 13.


Importunaba, importunar, Incomodar o molestar con peticiones inconvenientes
Perceptibles, Que puede ser percibido por los sentidos o comprendido,
Hurtadillas, Que se hace a escondidas
Obstinadamente, que se hace algo hasta conseguirlo.
Crepúsculo, Claridad que hay al amanecer y al anochecer
Matices, cada uno de los grados de un mismo color

Esbeltos, Alto, bien formado, elegante y airoso


Hosco, Persona de mal carácter, seria.
Alfarero, Persona que se dedica a fabricar objetos de barro.
Sosegada, Persona muy tranquila en el trato con los otros.
Súbdito, Persona bajo el control a una autoridad superior.

Anegado, Inundar de agua y, p. ext., de cualquier otro líquido
Frívolos, de poca importancia
Incautos, Que no tiene cautela
Aflicción, sufrimiento físico, pena o tristeza
Turbios, Mezclado con algo que oscurece la transparencia que le son propias

Harapos, ropa vieja, sucia y rota.
Ávidas, persona con mucho deseo de algo.
Tráfago, aglomeración de gente y ventas en un solo lugar
Exóticos, Extranjero, procedente de un país lejano
Estibadores, Persona que carga y descarga cargas en un buque

SE TOMARÁ UN CRUCIGRAMA DE 10 PALABRAS.

HORARIO:
De 12h00 a 13h00
En recreo
De 18h10 a 19h00


domingo, 24 de marzo de 2013

EVALUACIÓN - VOCABULARIO No. 11

EVALUACIÓN - VOCABULARIO No. 11

FECHA: LUNES 25 DE MARZO DEL 2013
TEMA: EJERCICIOS DE CONTEXTUALIZACIÓN DE LOS CUENTOS 12 Y 13. La contextualización es la deducción del sinónimo o significado de la palabra nueva por información que nos puedan dar las otras palabras que están dentro de la misma frase.


1.      Lo peor no es su lentitud, ni su debilidad, ni siquiera el aspecto repulsivo de sus carnes hinchadas en medio de los cuerpos esbeltos
2.      Así, Nikias es un muchacho solitario, hosco, que debe soportar casi todos los días humillaciones y burlas.
3.      ha pasado la mañana entera atendiendo el puesto del mercado en el que su padre, alfarero, vende vasos y ollas.
4.      La idea lo entusiasma: una vida sosegada y sin sobresaltos.
5.      Esto asombra a Nikias pues al palacio, que (como dicen las leyendas) está hecho de oro puro, no se permite la entrada de ningún súbdito ordinario.
  1. Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar
  2. El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer
  3. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos.
  4. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia:
  5. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando








CUENTO 13


EL VASO DE LECHE
Manuel Rojas

       Afirmado en la barandilla del barco, el marinero parecía esperar a alguien. Tenía en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco, manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.
       Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando.
Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:
—I say; look here! (¿Oiga, mire!).
El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:
—Hallow! What? (¡Hola" ¡Qué?).
—Are you hungry? (¿Tiene hambre?).
       Hubo un breve silencio, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:
—No, I am not hungry! Thank you, sailor. (No, no tengo hombre. Muchas gracias, marinero).
—Very well. (Muy bien).
       Se sacó la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.
       Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó:
—Are you hungry?
       No había terminado aún su pregunta cuando el vagabundo, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:
—Yes, sir, I am very hungry! (Sí, señor, tengo harta hambre).
       Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, se sentó en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma.
       El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena.
       Él también tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como es el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre.
       Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austriaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte se embarcó ocultamente. Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y lo enviaron a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó, como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno. Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después... La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; le parecía un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.
       Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían explicación.
       Después que se fue el vapor anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron.
       Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delirio; atorrantes abandonados al ocio, que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pasando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar.
       Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.
       Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga. Estuvo un rato mirando hasta que se atrevió a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores.
       Durante el tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron desmayos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.
       A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en las fondas cercanas y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.
       Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último se acercó a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.
       Le contestó el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y que todavía sería necesario trabajar el día siguiente para concluir de cargar el vapor. ¡Un día más! Por otro lado, no adelantaban un centavo.
—Pero —le dijo—, si usted necesita, yo podría prestarle unos cuarenta centavos... No tengo más.
Le agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue. Le acometió entonces una desesperación aguda. ¿Tenía hambre, hambre, hambre! Un hambre que lo doblegaba como un latigazo; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba como un borracho. Sin embargo, no había podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento era oscuro y fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso. Sintió de pronto como una quemadura en las entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera abierto ante él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que él quería y amaba apareció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga... Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba despacio. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una hora más y caería al suelo.
       Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra; comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.
       No pensaba huir; le diría al dueño: "Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar... Haga lo que quiera".
       Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocio muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol: Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo.
       Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.
       En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de leche a medio consumir. Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y parose a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo una miradas que parecían pedradas.
       ¿Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto reducido.
       Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto de leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y se dirigió a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador.
       Apenas estuvo en la calle, se acomodó los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue, caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.
       Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y se dirigió hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.
       Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó:
—¿Qué se va a servir?
Sin mirarla, le contestó:
—Un vaso de leche.
—¿Grande?
—Sí, grande.
—¿Solo?
—¿Hay bizcochos?
—No; vainillas.
—Bueno, vainillas.
       Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente. Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platito lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador. Su primer impulso fue beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y sus propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido.
       Pausadamente tomó una vainilla, la humedeció en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que le estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó por su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.
       Afirmó la cabeza en la manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado.

       Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y que una voz de mujer, con un dulce acento español, le decía:
—Llore, hijo, llore...
       Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba le pareció que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.
       Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miró a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste. En la mesita, ante él, había un nuevo vaso de leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador.
Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedirse, sin ocurrírsele nada oportuno.
       Al fin se levantó y dijo simplemente:
—Muchas gracias, señora; adiós...
—Adiós, hijo... —le contestó ella.
       Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosísima y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano.
Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.
       De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión.
       Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose rehacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.
       Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas.
       Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espaldas, mirando el cielo largo rato. No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.
Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar.

TAREA:
Hacer fichas lexicales de las palabras resaltadas en el texto, NO TRABAJAR LOS SINÓMINOS PARA CONTINUAR TRABAJANDO LA TÉCNICA DE CONTEXTUALIZACIÓN Y SINONIMIA.
Harapos, ropa vieja, sucia y rota.
Ávidas, persona con mucho deseo de algo.
Tráfago, aglomeración de gente y ventas en un solo lugar
Exóticos, Extranjero, procedente de un país lejano
Estibadores, Persona que carga y descarga cargas en un buque

viernes, 8 de marzo de 2013

CUENTO No. 12


UN SEÑOR MUY VIEJO CON UNAS ALAS ENORMES
Gabriel García Márquez

       Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa del mal olor. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.
Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
— Es un ángel —les dijo—. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.
Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alumbrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron bondadosos y  decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.
El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca de aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la gran dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.
Su buen juicio cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.
Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.
El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en un idioma desconocido y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.
El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.
Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no sólo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.
Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.
Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y sólo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.
Sin embargo, no sólo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un dificultoso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.


TAREA:
Hacer fichas lexicales de las palabras resaltadas en el texto

1.      Anegado, Inundar de agua y, p. ext., de cualquier otro líquido
Sinónimos, inundar, sumergir
2.      Frívolos, de poca importancia
Sinónimos, superficial, intrascendente
3.      Incautos, Que no tiene cautela
Sinónimos: insensato, ingenuo
4.      Aflicción, sufrimiento físico, pena o tristeza
Sinónimo, pena, dolor
5.      Turbios, Mezclado con algo que oscurece la transparencia que le son propias
Sinónimos, borroso, nebuloso