BÚSQUEDA DIRECTA EN EL BLOG

Cargando...

lunes, 14 de abril de 2014

CUENTO 10 - SEGUNDOS DE BACHILLERATO

DESCARGUE EL CUENTO DE AQUÍ:


BARRANCA GRANDE
Jorge Icaza

En el lindero del páramo más alto, en una choza enana como la vegetación circundante —frailejones aterciopelados, duros espinos, paja raquítica—, vivían en pecado de amaño, desde hacia algún tiempo, el indio José Simbaña y la longa Trinidad Callahuazo. Como buenos huasipungueros trabajaban de lunes a sábado —desmontes, siembras, cosechas, zanjas, limpias, mingas— en la hacienda del «patrón grande, su mercé», propietario y señor de la ladera, del valle, del bosque y de la montaña.
Los domingos, al amanecer, la pareja amancebada —luciendo doble poncho de bayeta de Castilla, él; anaco oscuro, collares de cuentas doradas, rebozo de encendido color, ella—, entraba en la iglesia del pueblo. Desde el rincón de la nave más penumbrosa, José y Trinidad, confundidos en el anonimato de una muchedumbre de indios y cholos campesinos, gustaban de la misa. La mímica litúrgica del simbólico sacrificio, el oropel deslumbrante de los atavíos del sacerdote, el olor de las nubes del incienso al entrar en la corriente emotiva y fervorosa de los campesinos, se impregnaba de un supersticioso sabor a brujería familiar. Pero cuando el señor cura, antes de U bendición, hablaba contra la unión maldita del amaño, contra los violador» de las leyes sagradas, contra los remisos a los sacramentos de la santa madre Iglesia, José y Trinidad se encogían de terror, de un terror infantil que les obligaba a observarse de soslayo —en defensa ansiosa, en mutua acusación—. Una humedad viscosa —la misma que sin duda paralizó a sus antepasados más remotos a la vista de arcabuces, espadas, armaduras y caballos— les hundía en la evidencia de su condenación eterna'.
El realismo del buen predicador para enumerar los castigos que Taita Diosito, en su infinito poder, había creado para sus hijos descarriados, le llevaba a las comparaciones más vulgares y exageradas: "El fuego indómito de los volcanes, la paila grande —la más grande— de la vieja tamalera, el plomo fundido en la fragua de la herrería del tuerto Melchor, las víboras del bosque, los alacranes, las arañas..." Al ubicar su cuadro de pesadilla, el santo varón alzaba las manos al cielo, y, con voz cavernosa que se ahuecaba en las naves del templo, concluía:
—¡Como la Barranca Grande con sus grietas de espanto en los muros! ¡Como la Barranca Grande con sus hediondeces de azufre y mortecina! ¡Como la Barranca Grande con su aliento de queja y sus dilatadas fauces rocosas! ¡Así...! ¡Así es el infierno! ¡Así como la Barranca Grande!
Era suficiente mencionar aquel paraje para que el miedo cundiese entre los fieles. Todos conocían el lugar tenebroso. Todos conocían la profundidad inaccesible hundida trescientos metros entre aristas de roca e imprecisas formas donde humeaban perennes fumarolas en memoria de antiguo esplendor volcánico —excitaban la fantasía popular hasta la afirmación supersticiosa: «Taita Diablo colorado fuma azufre en pipa de piedra»—. Hay que advertir que todos olieron alguna vez la atmósfera podrida que exhalaban los pantanos de las innumerables cuevas y recodos del fondo de Barranca Grande. Todos escucharon también alguna vez el aleteo fantasmal de murciélagos, lechuzas y pajarracos que llegaba desde el seno de aquel abismo al anochecer.
Ante la evocación apocalíptica del sacerdote, la masa de indios y cholos campesinos que llenaba las tres cuartas partes de la iglesia estremecíase en quejas, ruegos, temblores irrefrenables —reedición de algún retablo de barro de ídolos en actitudes de atormentado subconsciente—. Desde el pulpito el señor cura —manos crispadas en santa cólera, ojo retador de aguilucho— dominaba en esos momentos su obra con verdadera imponencia. ¡Su obra! Su obra empedrada de rostros tatuados por morbosos y ancestrales arrepentimientos, de manos puestas en súplica humillante y envilecida ansia de perdón, de ojos turbios por lágrimas inopinadas e histéricas, de párpados enrojecidos prematuramente en humo de leña tierna, en guarapo podrido, en suciedad de vientos de páramo. Un vagido como de animales acorralados por la tormenta, saturado de malos olores, se elevaba entonces al ritmo de un impulso —oleaje de súplica inarticulada— que sacudía una y otra vez a la muchedumbre de pecadores. Casi siempre, en esos momentos, el buen sacerdote se llenaba de náusea. Náusea después de la comunión, sacrilegio. No... No podía evitar la burla del demonio —hostia y vino sagrados en inminencia de basura asquerosa—. Ante tal situación, el apurado y contrito fraile, con voz jugosa de perdón, ofrecía absolver todos los crímenes de la indiada a cambio de misas de a cien sucres, de rogativas de a treinta y responsos de a dos. Sí. Todos los crímenes de aquella miserable muchedumbre —desobedecer al patrón, al mayordomo, al teniente político, al sacristán, a cualquier bicho con zapatos; perder minutos en el trabajo de seis a seis; emborrachar las penas con guarapo podrido los lunes por la mañana; robar por hambre las mortecinas de la hacienda; mentir en defensa colectiva; mezclar el fetichismo y la superstición de sus antepasados más remotos con las imágenes de los santos cristianos y la fe revelada por taita curita; insistir en el amaño antes de casarse por la Iglesia y por la ley—.
La oferta del so t anudo desinflaba de inmediato el rumor producido por los temores a los castigos de ultratumba, se aquietaba entonces la angustia delirante de la masa campesina; lodos volvían a confiar en la misericordia de Taita Diosito y de su ministro en la tierra. Sólo el indio José Simbaña y la loriga Trinidad Callahuazo eran quizá los únicos que no hallaban sosiego en las frases de perdón y de esperanza del sacerdote. Les era tan duro comprobar su realidad. Su triste realidad. Para defender su amor pecaminoso de las pesquisas del mayordomo, de las multas del teniente político, de los anatemas del cura, tuvieron —é y ella— que levantar su choza y cercar su huasipungo a pocos pasos del lugar maldito que el señor cura comparaba con el infierno. Sentían además que su pasión —uniones interrumpidas y placeres empañados por los misteriosos ruidos nocturnos de Barranca Grande— se consumía en el fuego del remordimiento silencioso, pesado, duro, cual desagüe cotidiano de inarticulados y mutuos reproches. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Toda la alegría de ¡as primeras uniones carnales había desaparecido, y, en la longa sobre todo, aquella cosa espesa y rota que dejan los malos presagios tomaba minuto a minuto contornos oscuros de culpa sin perdón, de demonio enroscado en la garganta. Y era por eso que cuando la iglesia quedaba sola, después de la misa y del sermón —en el aire la losa de una paz sin esperanzas—, José y Trinidad —llorosa ella, pálido y en pétrea desconfianza él— se arrastraban hasta el altar de San Vicente —lindo y milagroso según el decir del cholerío, pero en realidad ridículamente ataviado con sombrero de paja, orlas de papel dorado en las polleras de la sotana y corneta de latón en la diestra—. Una vez frente al Santo, la india, entre mocos y suspiros, solicitaba alivio a su desventura:
—Taitiquitu. Amu, San Vicenticu. Ampárame, pes. Taita cura dice que tudíticu infiernu para pobres naturales de amaño. Para... Para nosotros pes, taitiquitu. Soliticus en paila grande, en candela de cerru, entre diablus de Barranca Grande. Nu es pur maldad que nu casamus... Nu es por carishina... Nu es por pecado... Nuuu... ¿Pur qué también será, pes? Longu... Mi longu José aquí presenticu... Uuu...
El aludido despertaba entonces de su amarga inconsciencia, y, sintiéndose personaje importante en el reclamo de Ja hembra, movía afirmativamente la cabeza, mientras pensaba: «Aquí... Aquí estuy pes, San Vicenticu. Lu que dice la guarní i así mismu es, taitiquitu. El amaño cosa necesaria, cosa desde siempre en nosotrus lus naturales... Naturales así mismu somus de brutus... Para saber cómu se acornada cada unu en el ricurishca, pes... Para probar qué dicen... Para probar si es buenu u si es malu, pes... Comu animalitus, para encariñar... De otra forma, ca; el pobre natural nu puede, pes... Piensa vus mismu, taitiquitu... Así... Así han hechu toditicus naturales de antes... Protégenus contra demonius de Barranca Grande, taitiquitu... Contra el huaira, que nu deja en paz silbandu toditica la noche... Contra los murciélagus que anidan en techu... Contra todu mismu de fantasmas y de ruidus que nu dejan tranquilu el placer del ricurishca... ¿Acasu pur esu el shungu deja de sufrir? ¿Acasu pur esu hemus de ser mejores lus pobres naturales? ¿Acasu...? Defiéndenus, taitiquitu. ¡Defiéndenuuus!»
En esos momentos también la atemorizada mujer retorcía sus manos como una posesa agravando el desconcierto del amante —desconcierto de piel sudorosa, de ojos empequeñecidos por la pena e inmovilizados por el temor, de gruesas mandíbulas caídas, de labios temblorosos—, del amante que, por transferencia compasiva, tomaba el lugar del santo para responder y consolar mentalmente —sólo mentalmente— a las quejas y a las urgencias de la longa: «Claro que he de defender, pes... Claru que he de amparar, pes... Para esu suy machu... Machu, caraju...»
—Arí, bonitícu... Arí, taítiquitu... Cuando tengamus huevitus, cuyeitus, he mus de regalar, pes... Cuando la tierra del huasipungo produzca maicitu, también... —insistía la longa.
—Así mismu es, pes, taítiquitu... Amu sacristán mishcadu guañugta ha de entrar en el conventu —continuaba el indio.
Al salir de la iglesia la pareja —él adelante, ella atrás— y encarar la indiferencia de las gentes —porvenir acorralado por un trabajo de esclavos, huellas íntimas de arrepentimiento sin perdón—, ambos se sentían desconcertados, cayendo en un vacío amargo, en un vacío que les obligaba a vagar por la feria y que al final —siempre de apariencia sorpresiva— les empujaba por la calle donde se agazapaban las tres guaraperías del pueblo. A la noche —noche de domingo o de fiesta grande—, perdidos en la inconsciencia de la borrachera —bajo las tinieblas, o bajo las estrellas, o bajo la luna, o bajo la garúa, o bajo la tempestad, les daba lo mismo—, se arrastraban por los caminos fantasmales. A veces dormían en una zanja o entre el chaparro que orillaba algún potrero. |Ah! Entonces eran felices, con la felicidad que experimentan las almas pequeñas y turbias en su propia ausencia: lejos de la crueldad de los cholos mayordomos, lejos de las órdenes inapelables del «patrón grande, su meré», lejos de los anatemas y sermones de taita curita, lejos de la choza agobiada por los ruidos infernales, lejos de la vecindad de Barranca Grande.
Mucho empeoraron las cosas con la preñez de la longa Trinidad. Los temores crecieron en ella hasta la evidencia de la muerte próxima, de la muerte... Presa de una languidez temblorosa se tendía en medio del trabajo del campo y se quedaba largo tiempo acezando como de pena. Cuando el indio José —cómplice, amor y demonio a la vez— se acercaba a consolarla, Trinidad miraba al cielo encendiendo en sus pupilas de negro abismola desesperación y la súplica. Luego, con voz empapada en lágrimas, murmuraba:
—Quiera... Quiera, taiticu.
—¿Qué, pes?
—Cainar allá en lu altu de las nubes.
—¿En cielu de Taíta Dius?
—Aríii.
—¿Cómu para trepar, pes? Sólu pishco de volandu.
—Volandu con muerte, pes.
—Ave María. Acasu...
—Quieru... Quieru, taiticuuu...
Por toda respuesta el longo se fabricaba mentalmente soluciones de ingenua esperanza para él y para ella: «Cuandu pague la deuda a patrón grande. ¿Este añu será? ¿El otru añu será? Cuándu también será... Para ese entonces hemus de dar plata a taíta cunta y a taita teniente políticu para que amarren legalmente, pes... Matrimoniu de ley Taíta Dius... Hemus de cambiar el huasipungo de Barranca Grande cun terrenu de la ladera... Hemus de estar de buenas con Taíta Dius... Hasta esu aguanta mi más, longuita... Aguanta nu más, guarmi de shungo.»
—Pur caridad, pur guagua doloridu de barriga, nu dejarás... Nu dejarás que vaya a cainar en infiermí, pes. ¡Darasme sepultura de cristianu! —insistía en su angustia llena de malos presagios la india preñada.
—¿Ir al infierau? ¿Pur qué gracia, pes?
—Taiticu...
«Brujeada creu que está cuando piensa en torcer el picu así nu más...», pensaba el indio mirando con recelo supersticioso el cuerpo hinchado de la mujer. A veces traicionaba a su prudencia, a su espesa y taimada prudencia, y en vez de contemplar en silencio de engaño a la preñada, gritaba con coraje resentido:
—Aguanta, pes. ¡Aguanta, caraju!
Un domingo, como todos los últimos de la preñez. Trinidad compró en la pulpería del pueblo una vela de las de a cinco en libra. Y una vez en la iglesia, después de la misa y el sermón, junto a su amante, habló como de costumbre a San Vicente, enseñándole con amenaza infantil la ofrenda que le traía:
—Ve... Ve pes, taitiquitu... Necesitu mismu que me hagas la caridad, ¿Nu estás oyendu?
—Longa bruta. Comu si fuera natural San Vicenticu pide... —murmuró el indio mientras la hembra, arrinconada junto al altar, cara al muro para esconder en parte su impudor, se alzaba camisa y anaco hasta el ombligo, y, entre ayes y quejas, se frotaba con la vela el vientre deforme por los altos meses de embarazo y el sexo pecador. Luego, con femenina naturalidad, coloco en la gran bandeja de hojalata —donde se consumían una veintena de cirios de diferentes tamaños— la ofrenda contaminada con sus culpas olor a infierno. Ese día, al insistir en su ruego, frente al santo, la mujer se contrajo de pronto oprimida por un dolor inaguantable. Un dolor en las entrañas —para ella mordisco del demonio—. Con los ojos enloquecidos, agarrándose el vientre con ambas manos, suplicó al indio José:
—Taitiquitu... Boniticu... Ya nu puedu más con dolur de pecadu. ¡Aquí! ¡Aquicitu duele!
—Ave María. ¿Qué será, pes? ¿Qué nu será, pes?
—¡Taitiquitu! ¡Ya nu puedu! ¡Ya nu puedu mismu! ¡Ayúdame, pes! —insistió Trinidad, pálida y temblorosa.
Temeroso de que el escándalo de las urgencias de su concubina se hagan públicas, el indio agarró como pudo a la preñada y la arrastró hasta el pretil de la iglesia, murmurando:
—Aguanta. Aguanta duro. Un raticu nu más... Hasta cargarte... Hasta llevarte...
En el chaquiñán de la loma la mujer se dio cuenta del camino que llevaban, y, en un momento de oscura desesperación, gritó;
—Nu quiera, taíticu.
—¿Eh?
—Nu quieru huaira malu de Barranca Grande. Nu quieru murciélagu. Nu quieru gashinazu. Nu quieru fantasma de páramu. ¡Nu! ¡Nu quieru cainar cun taita diabiu coloradu!
—¡Aguanta nu más, caraju! —ordenó el indio José aligerando la marcha. Su acezar era largo, profundo, enloquecido.
«Ave María... Muía de pecadu... Muía de taita diabiu parece el longu... Mi longu... Mi diabiu...», pensó Trinidad presa en un vértigo de angustia.
Al siguiente día la parturienta amaneció en una sola queja. El hombre, en vez de ir al trabajo, fue en busca de la curandera. La experta comadrona, una vieja sarmentosa de manos sucias, de párpados enrojecidos, de mechones de cabellera entrecana, olor a boñiga, al entrar en la choza de la enferma miró en su torno con marcado recelo —la fatiga de la cuesta que había ascendido, el temor supersticioso de Barranca Grande—. Se hizo unas cuantas cruces, salmodió oraciones de su gasto particular contra el hechizo, y, luego, interrogó al indio —aturdido por el estado de su hembra—:
—¿Cómu viven, pes, junto a Barranca Grande?... ¿Juntu al huaira malu?... ¿Juntu al cuichi...?
—Pur caridad, cúrele nu más a la pobre guarmi. La pobre...
—La pobre...
Cuando la vieja curandera se acostumbró a la penumbra del lugar y miró de reojo a la india, que en ese instante se revolcaba en el jergón de sucios cueros de chivo y viejos ponchos, no pudo ocultar el diagnóstico, su sabio diagnóstico:
—¡Ave María! ¡Brujeada parece!
—¿Brujeada? —comentó José con un extraño hielo de terror en la sangre.
Sin más comentarios, la vieja sarmentosa desató una bolsa de cáñamo que había traído bajo el brazo como maletín de fino instrumental. Extrajo de ella una cuya preñada, la cual, a pesar de sus convulsivos afanes por librarse, fue entregada al indio. Luego la curandera desnudó completamente a la enferma y le ordenó tenderse boca arriba. Cuando todo estuvo a punto, recaudó la vieja la cuya preñada de manos del indio y con hábil sadismo frotó el cuerpo de la enferma una y otra vez: sobre las piernas prietas y temblorosas, sobre el vientre deforme, sobre el sexo en conato de alumbramiento, sobre el cuello de músculos y venas en tensión de quien trata de soportar un dolor, sobre... La piel del animal, al principio suave y aterciopelada, fue transformándose al calor de la insistencia de la sobadura en fastidio angustio y ardiente de sinapismo. La operación duró —larga, quejosa, inútil— hasta el desmayo de la parturienta y la muerte de la cuya. A la luz de la puerta de la choza, para observar mejor y para que el indio José vea y compruebe en las vísceras del magullado animalito los misteriosos y extraños perfiles del mal que sin duda alguna estaban matando a la pobre Trinidad, la curandera abrió por el vientre a la cuya con un cuchillo de hoja enmohecida y cabo de palo. Hurgó de inmediato las viscosas y sanguinolentas entrañas como si buscara algo definitivo, y, a los pocos minutos de palpar y remover con cuidado extrajo y exhibió un feto diminuto, muerto, mientras murmuraba, consternada:
—Jesús. Taitiquitu. Ave María. Se ve... Se ve nu más claritu... Muertu el guagua dentru de barriga. Muertu está, pes.
—¿Muertu?
—¿Nu está viendu? Pobre guagua. Hechu una lástima.
—Cuy nu más es, pes.
—Así está el guagua en la barriga de la mama. Para saber froté con el animal.
—¿Ciertu?
—Cogidu del cuichi se ve... Cogidu del huaira de Barranca Grande también...
—Cure, pes, entonces, mama señora. ¡Cure, pes! —suplicó José Simbaña en el colmo de su desconcierto. Mas la curandera, por toda respuesta, soltó las vísceras y el animal muerto en el suelo, se limpió una y otra vez las manos en el anaco, ganó la puerta, y, haciéndose cruces y murmurando oraciones para librarse del maleficio que había descubierto, huyo chaquiñán abajo.
El indio, ante la actitud cobarde y esquiva de la única persona que podía curar a su longa, se acurrucó como un perro apaleado junto al jergón. Le quemaba en la sangre algo como un remordimiento ancestral, como una pena llena de oprimido coraje. No creía, no podía creer en todo aquello. Algún espíritu malvado le aconsejó que debía huir como la curandera. Correr cuesta abajo, rodar por la ladera, cruzar el valle, atravesar el bosque, el pantano... No obstante, permaneció inmóvil. No podía abandonar a la longa desnuda que se retorcía y temblaba entre las garras del miedo y de la muerte —para él eran los azotes impalpables del huaira malo y del cuichi maldito—. Quizá debía esperar. ¿Esperar qué? Que... Que Taita Diosito se compadezca: Pero pasaron las horas, y, a medida que pasaban, el espanto venenoso de la superstición crecía en los nervios y la sangre del longo como un impulso loco y delirante, crecía al amparo del susurro del viento que flagelaba de ordinario a la choza, del graznido de las aves de rapiña en el cielo, del ladrido lejano de los perros, de la presencia de los murciélagos en constante acecho.
A ratos —perdida hora de la desorientación—, Trinidad postrábase sobre los ponchos viejos, postrábase en silencio de pulso afiebrado, postrábase de rodillas, en rara imploración. Parecía dormida, ¡muerta! Entonces el runa, con amarga curiosidad, inclinábase sobre ella, junto al rostro y a los senos, sobre el recuerdo de la primera noche del amaño. ¡Sí! Se inclinaba para interrogarla, para... Por desgracia las palabras se le quedaban presas y confundidas en la garganta, en la red de la desesperación y de la ternura. Ellas lograban tan sólo exaltar en la sangre del indio el cariño hacia esa mujer pequeña, miserable, hacia esa hembra que había logrado romper la soledad.
—Caraju. Maldita sea... —era lo único que José Simbaña podía articular en esos momentos.
Más tarde, ella —tranquila, cubierta, sudorosa— abrió los ojos —lánguidos los párpados, raro el aliento— y al hallar a su lado al longo —cómplice y refugio a la vez en el placer, en el dolor, en el castigo y en el gran silencio que se avecinaba—, insistió en su vieja súplica de perdón y de orden, de amparo y de reto:
—Júrame... Júrame, taitiquitu.
—¿Qué, pes?
—Que nu... Que nu carguen a la pobre Trinidad lus diablus comu dice taita cunta.
—Caraju.
—Defenderás me. ¡Defenderasme, taitiquitu!
—¿Cómo pes, longuita?
—Entarrandu cristianamente cuandu tuerza el picu, pes... Nu comu a perru manavali...
—¿Cómu, pes, shunguitu?
—Cun misa de trapu negra en iglesia. Cun vela grande. Cun humu de incensariu. Cun chagrishu de flur blanca. Cun cajún pintadu. Cun responsus de a tres por sucre. Cun agua bendita. Cun...
—Esu será si quieres morir dejandu al longu solititu, abandonadu comu grano de maíz en caminu de punblu, comu...
—Jura. ¡Jura, taiticu!
Desgarradoras las súplicas, enternecedoras 'las lágrimas de la moribunda, arrancaron como de costumbre el juramento sincero y emocionado del indio:
—Buenu, pes, bonifica. Buenu, pes, comp a nerita. Cuandu sea necesariu hemus de hacer nu más: así tenga arrancarme la sangre de las patas y de las manus en el trabaju, así tenga que hundirme vivitu en el pantanu, así tenga que robar el ganadu de la hacienda, así tenga que recibir látigo en el cuerpu shucho... Así todu mismu... Cuandu Taita Dius ordene he de enterrar comu cristianu a longuita.
A la noche todo se agravó. En la luz del fogón que se arrastraba por el suelo la enferma clavó sus ojos afiebrados para posarlos luego —sin control, enloquecidos— en las rendijas de la puerta, donde silbaba el huaira malo; en los huecos de las paredes, donde se acurrucaban los fantasmas, en las junturas de la paja del techo, donde aleteaban los murciélagos. Y, aferrándose al cuerpo de su amante, el cual permanecía junto al jergón, sin desvestirse, murmuró desesperada:
—¡Ya vienen a cargarme! ¡Ya, taitiquitu! ¡Ya!. . ¡Ya...!
—¿Quién, pes? —dijo el longo fingiendo inocencia no obstante saber a lo que ella se refería.
—¡El huaira!
—Oh. ¡Caraju!
—¡El cuichi!
—¡Aquí... Aquí estuy yu para defenderte, pes!
—¡Lus diablus que dice taita cura!
—Aaah.
—¡Lus diablus de Barranca Grande!
—Lus diablus —repitió el en un eco de espanto. Se sentía débil e indefenso ante la maldición del cielo.
Aí tercer día murió Trinidad. Los gritos, las súplicas habían caído en un remanso de espesa fatiga. Después de una leve contracción el cuerpo de la mujer quedó inmóvil —hundidos los ojos, entreabierta la boca, amoratado el rostro—. Quizá el longo la creyó dormida. No obstante, la llamó en voz baja:
—¡Longuita! ¡Shunguitu!
Al no hallar respuesta, pensó en busca de estúpido consuelo: «Nu quiere responder... Nu quiere hablar... Se hace nu más... Pícara... Perú... Igualitu a mortecina de vaca, de perru... ¡Trinidaaad!» Y al cerciorarse de que en efecto su compañera había muerto, el indio gritó hasta enronquecer, hasta que su corazón enloquecido, jadeante, estranguló toda posibilidad de queja. Descansó largo rato acurrucado junto al cadáver. Luego, como un autómata, salió de la choza. Desorientado, vacía la esperanza, se sentó bajo los cabuyos de la cerca del huasipungo. De pronto alguien le advirtió —con el saber intuitivo de la sangre— que tenía que cumplir su juramento, Y una ansia absurda, un desprecio a sí mismo —a su impotencia—, le arrastraron a vagar por el campo. A las pocas horas, al saciar su sed, al apaciguar su fatiga, metiendo la cara en un remanso del arroyo del bajío —como las bestias—, notó que su imagen, negra y borrosa entre las nubes del cielo, repetía la súplica que le hizo su longa: »Júrame... Júrame, taitiquitu... Que nu carguen a la pobre Trinidad los diablus comu dice taita cura... ¡Defenderasme! Cuandu tuerza el picu, pes...»
Sólo entonces él sintió y tuvo la certeza de que alguien muy metido en su corazón había muerto, había desaparecido para siempre, no estaba en ningún lugar para acompañarle.
—Nu, caraju —murmuró al levantarse. Y olfateando en el aire del atardecer la única posibilidad de su destino, se metió por el camino que conducía a la casa de la hacienda. Todo halló adusto e impenetrable, como el razonar y el capricho del «amo, su mercé, patrón grande». Permaneció largo rato junto a los galpones sin atreverse a imponer su presencia. Felizmente, la vieja servicia —la más vieja— sacó la cabeza por la puerta de la cocina e interrogó, altanera:
—¡Veee! ¿A quién buscas, pes?
—A taita amitu, su mercé.
—Nu está aquí.
—¿Y patrún mayordomu?
—A la noche ha de venir.
—Entonces, bonitica... Aquí en el corredur vuy a cainar hasta que venga, pes.
Y cayó sobre él la noche. En una hora perdida y en medio de las tinieblas ladraron los perros. La sombra de un jinete cruzó el patio, de un jinete que dejó el caballo en la estaca del ordeno y se acercó al corredor arrastrando con pesadez zigzagueante las espuelas. Un tufillo a chicha y aguardiente anunció al indio Simbaña la presencia del mayordomo, la presencia de quien podía sacarle del apuro.
—Patroncitu —murmuró el longo acercándose a la sombra de aquel hombre que, al sentirse perseguido, interrogó altanero:
—¿Quién eres, carajo?
—Yu, pes, taitiquitu. Jusé Simbaña.
—¿Simbaña?
—El de arriba... El de Barranca Grande...
—¡Ah! [Ya! El runa perdido, el runa ocioso. Por fin asomaste, carajo.
—Muriendu mujer, pes.
—¿Mujer? ¿Qué mujer? ¡ah! Ya sé, carajo. Estabas amañándote. ¡Indio corrompido!
—Ave María. Vengu a rugar pes, patroncitu. Por vida de su mercé. Que me haga la caridad de adelantarme un algu para poder enterrar a la guarmi.
—Indio condenado, borracho, perro. Después de que debes un dineral de plata.
—Nu ha de ser tanto, patroncitu.
—¿No ha de ser tanto? Cerca de cien sucres... Para más de un año...
—Pur caridad, patroncitu. Pur vida de su mercé. Por Taita Dius...
Los carajos, los insultos y las amenazas del cholo mayordomo aplastaron las insistentes súplicas del indio Simbaña. Al final, el chasquido de un acial sin condescendencias cortó la voz suplicante. Satisfecho y libre —había huido como rata la victima inoportuna—, el cholo mayordomo arrastró su embriaguez de exaltado machismo hacia el interior de la casa.
A la mañana siguiente —después de pasar la noche en un galpón abandonado—, José Simbaña tampoco tuvo buena acogida entre las comadres y los chagras del pueblo. La fritadera Eulalia Chávez, al escuchar la pretenciosa solicitud de dinero adelantado por un problemático negocio que proponía el runa, quedó mirando al solicitante como sí dudara de su cordura. Luego concluyó altanera:
—¿Estás borracho o qué? ¡Mejores propuestas he tenido! ¿Dónde has visto fiar así no más plata a los naturales, pes?
—Para enterrar a guarmi muerta.
—¿Guarmi muerta? ¿Qué guarmi tienes, indio mentiroso?
—Pur caridad, patronita, su mercé. Puerquitu he de entregar baratu cuando sea grande.
—Para emborracharte has de querer la plata. No. ¡No tengo! ¡Busca a otra tonta!
—Pur caridad, patronita.
—¡Fuera de aquí, indio porfiado!
—Patronita...
—¡Jacintooo! ¡Ven a sacar a este runa, que se ha puesto atrevido, grosero!
—¡Fuera de aquí, carajo! Indio borracho, indio puerco...
José Simbaña golpeó todas las puertas conocidas, relató una y otra vez su tragedia, ofreció enajenar en cualquier forma su trabajo, sus animales, sus... —no obstante estar él y sus cosas enajenados para toda la vida en el latifundio—. Suplicó con manía fastidiosa, pidió hasta el desconcierto de un ebrio. Todos, absolutamente todos, le miraron con el mismo asombro de la fritadera, todos le echaron a patadas, a empellones. Y cuando se puso muy pesado todos se libraron de él con los perros. Así le sorprendió la noche y durmió en un corredor. A punto de desesperar, recordó el huasipungo de sus padres: taíta Luis y mama Rosa. ¡Oh! Tendría que pedirles perdón, llorar de arrepentimiento por haberles abandonado. Sin embargo, aquello no era un obstáculo. Por el contrario, deseaba con vehemencia —instinto que busca amparo— hundir su amargura en la cólera y en los reproches de los suyo?.
Los viejos —taíta y mama—, llenos de gratitud por la sorpresa largamente esperada, recibieron al hijo con alegría. Al verle entrar por el corredor de la choza, humilde, dispuesto a pedir perdón, pensaron: «Quien asíviene estandu enojadu, debe venir cun gran dolur.»
Mama Rosa le llamó con su habitual dulzura de sanjuanito de velorio:
—Mi guagua... Mi guagua brujeadu...
Y taita Luis, después de rascarse la cabeza y mirarle de arriba abajo, le dio unas palmaditas en el hombro.
Todo encontró igual en la tierra de su infancia: el ashco impertinente y sarnoso, el maíz enano, amarillento como de madurez prematura, el tendido de ocas al sol en el patio, los cerdos y las gallinas junto a los hermanos pequeños, h. mazamorra en la cazuela de barro, la cama en el suelo de trapos y de cutules secos donde pudo dormir con pesadez animal.
Cuando taita Luis y mama Rosa se enteraron del motivo y de la razón de la vuelta del «guagua brujeado», ofrecieron enterrar a la longa como buena cristiana.
—Aun cuandu tengamus que vender lus puerquitus y lus borreguitus del compadre que dejú al partir —ofreció el viejo.
—Anda nu más, guagua. Ya seguimus nosotrus llevandu platica —concluyó mama Rosa con esperanza balsámica.
Corrió el longo José Simbaña por los chaquiñanes. Una felicidad acezante le golpeaba en los poros. No podía, le era difícil creer en la solución amable, caritativa que dieron los viejos a su amargura.
Al entrar por el sendero de la ladera de Barranca Grande miró el indio con temor agradecido al cielo, al cielo donde descubrió a una veintena de gallinazos que revoloteaban en círculos cadenciosos. «Ave María...Taitiquitu... ¿Qué será, pes?», se dijo por algo que mordía con indefinida angustia en su sospecha. ¿Sospecha de qué? De nada.... De todo... Trató de dialogar entonces —frases truncas, sordos impulsos— con cuanto le rodeaba, con cuanto iba surgiendo ante sus ojos en la carrera: las piedras de los senderos, el barro de las cunetas, los yuyos verdes, las boñigas húmedas, las rocas duras, la arena caliente. Al torcer el último recodo y aproximarse a la cerca de su choza un olor a mortecina se le anudó en la garganta con violencia de grito y maldición. ¿Qué? ¿Quéee? Atento, un perder el aletear extraño, diabólico; el aletear que golpeaba en el aire, que imitaba el pulso de] infierno, el longo olfateó como un perro hambriento en el aire. Le aturdían los malos presagios, las absurdas interrogaciones.
—¿Quién será, pes? ¿Quién será que golpea así? Comu diablu mismu... Comu...
Y sacó la cabeza por detrás de unos cabuyos. ¡No! Había sorprendido algo que... Algo que le aplastaba de horror, algo para enloquecer. Más... Más de una veintena de gallinazos, pesados, retintos, hediondos, se movían y llenaban el patio del huasipungo, frente a la choza. Entre sus patas, entre el aleteo de su disputa, había alguien. ¡Alguíeecn! Algunos —los hartos— reposaban plácidamente por los rincones. Otros, los más voraces e insaciables, picoteaban en un ser —montón de vísceras humanas—. Distinguió las piernas, los brazos, una cara sin ojos. Era... Era ella, que había sido arrastrada por los demonios desde el jergón hasta la puerta, hasta el patio.
—¡Carne de cristiana! ¡Mi longuita Trinidad es, pes! —gritó José Simbaña sin saber cómo debía actuar. Pero el eco de una voz intima, de un recuerdo amoroso le anunció: «Lus diablus de Barranca Grande, pes... Esus mismitus sun... Esus mismitus... En forma de gashinazus... Negrus, hediondus... Lus diablus que dice taita curita, pes...» Pero el encuentro con lo que él creía los demonios infernales, en vez de acobardarle como de costumbre, en vez de envolverle en la pesadilla de la fuga, le imprimió violencia y coraje ciegos en sus músculos. Estaba el grito de ella de por medio. El grito que le hervía como un huracán en la sangre. Miró... Miró como un toro al embestir el cuerpo despedazado de su Trinidad. Saltó sobre la cerca gritando:
—¡Mí guanni! ¡Mi guarmi, carajuuu! ¡Mi ricurishcaaa! ¡Mi pecadu grande!
Aturdido por el vuelo de las aves, que huyeron ante aquella extraña presencia, el indio se quedó inmóvil unos segundos, inmóvil como si le hubieran clavado para siempre, hondo, entre los trapos, entre las bayetas, entre los huesos mal pelados, junto a la cara sin ojos, junto al pecho despellejado, junto a los senos con profundos picotazos de su Trinidad. Algo como una orden, como una urgencia hormigueante y desesperada, como un grito de pánico, emanaba de aquel cuadro trágico. Emanaba y ascendía —tibio, viscoso— por las piernas, por el vientre, por las espaldas, por la garganta del indio desconcertado. Sí. Aquello era a la vez una maldición y una súplica: «Júrame... Júrame, taitiquitu... Defenderasme para que nu carguen a la pobre Trinidad lus diablus corau dice taita cura... Enterrarasme comu cristianu, nu corau animal... Defenderasme, pes, taitiquitu... ¡Nu! ¡Nu dejarás que carguen lus diablus de Barranca Grande...! Comu quiera mismu ayudarás a la pobre...»
Desconcertado y furioso miró José Simbaña en su torno. ¿Qué? ¿Qué podía hacer él contra esas aves malditas que le rodeaban, que huían poderosas? ¿Cómo podía por lo menos salvar los pedazos de su longa querida? ¿Cómo?
—¡Nu, caraju! ¡Maldita sea! —exclamó el indio lanzándose alocadamente por todas partes contra los gallinazos —hacia la cerca erizada de espinos, hacia el techo de la choza, hacia el pequeño chiquero vacío, hacia el cielo inalcanzable.
El fracaso del longo en su cacería absurda, escurridiza, violentó más y más la ceguera del coraje. Corría, saltaba, iba de un lado a otro. ¿Pero cuál era su insensato objetivo? Quizá rescatar del buche de los demonios 'los restos de su querida hembra, de lo que fue para él la dulzura efímera del jergón, la compañía silenciosa en el trabajo, en los largos caminos, en las turbias borracheras y en los angustiosos churhaquis. ¡Su guarmi! Como un pelele desarticulado siguió en su intento, siguió en pos de los demonios alados que se burlaban de él revoloteando en su torno para luego alejarse. ¡Alejarseee! Fue tras ellos a lo largo del campo pedregoso —gritando, maldiciendo, saltando—.
Atraído siempre por las aves negras y escurridizas, hecho un nudo de coraje, destilando odio de impotencia, en ansia sin alas, 'llegó al filo de la Barranca Grande. Con los brazos y todas las maldiciones de su rebeldía en alto, hizo equilibrios escalofriantes entre las rocas voladas al abismo por atraer a los demonios que se llevaban su propia entraña. ¡Oh! Pero ellos eran más ágiles, saltaban más alto, y, al final, alzaban el vuelo para luego hundirse definitivamente en la Barranca Grande.
«Van hacia el infiernu que dice taita cura, carajuuu... Cun mi guarmi en el buche... ¿Pur qué, pes? ¿Pur quéee?», se dijo el indio en lo más alto de su desesperación, sin mirar hacia el fondo de la boca gigantesca de la tierra de muros de piedra calcinada, mientras la voz íntima y querida de Trinidad insistía: «¡Júrame..., Júrame, taitiquku... Defiéndeme, pes... ¿Dónde... Dónde estás...? ¡Ahura, longuitooo, shunguitooo!» Insistía la voz alparecer —orden y súplica de la muerta— desde los buches hinchados y desde el pico y las garras sangrantes de las aves.
—¡Nu, nu, caruju! ¡Mi guarmi! ¡Mi shunguiticuuu! —estalló en un alarido epiléptico el indio. Y, desde el filo más alto de la roca donde se hallaba, un ciego impulso por fundirse y obedecer al ruego ilusorio de su desgraciado amor le obligo a extender el poncho en actitud de vuelo para dispararse entero hacia el abismo como una piedra que traga la sima.

TAREA:

Leer el cuento y subrayar las palabras que corresponda al dialecto propio de los indígenas

sábado, 12 de abril de 2014

TALLERES PREPARATORIOS PARA EXAMENES DE GRADO

Taller No. 3 VARIEDADES LINGÜÍSTICAS: Lengua, niveles de la lengua, variaciones de la lengua, extranjerismos, lenguas indígenas.  Recuerden traer el documento impreso con sus respectivos datos.

Este trabajo será evaluado el lunes 14 de abril para todos los cursos, junto con el taller 2.

jueves, 10 de abril de 2014

TALLERES PREPARATORIOS PARA EXAMENES DE GRADO

Taller No. 2 PALABRAS; ortografía de mayúsculas, acentuación y tipos de palabras por criterio semántico. Recuerden traer el documento impreso con sus respectivos datos.

http://filesave.me/file/36704/TALLER-2---PALABRAS-docx.html

miércoles, 2 de abril de 2014

TALLER FORMAS LÍRICAS ROMANTICISMO - SEGUNDO DE BACHILLERATO

Aquí les dejo el documento para realizar el taller de poesía para editar nuestro poemario, este taller se lo desarrollará el día jueves 3 de abril, deben llevarlo impreso con su respectivo nombre.

http://filesave.me/file/36453/L--rica-rom--ntica-docx.html

martes, 1 de abril de 2014

TALLERES PREPARATORIOS PARA EXAMENES DE GRADO

Ahí les dejo el taller No. 1 preparatorio para los exámenes de grado, recuerden que tienen que llevarlo impreso con su nombre para trabajarlo en la Jaula, perdón aula.

http://filesave.me/file/36419/TALLER-1---ORTOGRAF--A-docx.html

martes, 4 de marzo de 2014

TALLERES DE TRABAJO TERCERO DE BACHILLERATO

TODOS LOS CURSOS DEBEN TENER HECHO LOS SIGUIENTES TALLERES EN EL TRANSCURSO DE ESTA SEMANA:

1. Un graffos (dibujos sobre un pared resultado de la evolución del graffiti) en una cartulina A3, en base de cualquier idea, en la medida de los posible evitar los, te amo, los te quiero, los te extraño, que son clichés muy comunes y muestran limitaciones en el pensamiento creativo.

2. Un graffiti, (solo texto sobre un pared sin un tipo de letra especial) que desarrolle la idea que tenemos sobre la utopía, en este caso se le pide evitar temas cursis y poco profundos. Esto se lo debe hacer en una hoja de carpeta dentro de una hora de clase y entregarlo al final.

3. Una canción, de mínimo 20 versos, si son más no hay ningún problema, que trate el tema la barbarie, es decir que sea crítico con algún problema del mundo. Este trabajo se lo debe realizar dentro de una hora de clase y entregarlo al final. Este trabajo lo deben realizar todos los cursos (A, B, C y D), porque el trabajo que se hizo dentro con algunos de ellos fue muy deficiente.

Ejemplo: 
LA ROSA DE LA PAZ
Cuando el mundo entero estalle,
será demasiado tarde
para reencontrarnos con las leyes naturales
si hemos roto con los bosques,
si hemos roto con los mares,
con los peces, con el viento que nos hizo libres
como niños chicos en la oscuridad,
así estamos todos bajo el mismo vendaval
mi rosa de la paz,
vieja rosa con heridas,
siento cuando me acaricias frío
y no sé dónde estás,
mi rosa de la paz
mira que te siento lejos,
yo te busco y no te encuentro ahora
mi rosa de la paz
¿qué diría de este mundo
un viajero del futuro,
de un planeta más allá de las estrellas?
si hemos roto con los bosques,
roto nuestras propias voces
y aunque nadie escuche, aún se oyen
con nosotros mismos, con la eternidad,
porque estamos todos bajo el mismo vendaval
mi rosa de la paz,
vieja rosa con heridas
siento cuando me acaricias frío
y no sé dónde estás,
mi rosa de la paz,
mira que te siento lejos,
yo te busco y no te encuentro ahora
mi rosa de la paz
cuando el mundo entero estalle,
sea demasiado tarde,
ya no queden rosas para nadie
yo estaré contigo rosa de la paz
como niños chicos
cuando acabe el vendaval mi rosa de la paz,
vieja rosa con heridas
siento cuando me acaricias frío
y no sé dónde estás,
mi rosa de la paz,
mira que te siento lejos,
yo te busco y no te encuentro ahora
mi rosa de la paz

mi rosa de la paz



4. Taller de escritura 1.1.


5. Taller de escritura 1.2


6. Taller de escritura 1.3

En la caso de alguno cursos ya se han adelantado algunos de estos trabajos, por tanto solo deberían hacer lo que falta, para el resto hasta el día viernes se deben haber entregado las tareas a las personas designadas.

El lunes de semana próxima habrá una lección sobre las conjunciones.

Tercero A: Srta. Presidenta
Tercero B: Srta. Llumiquinga
Tercero C: Srta. Abarca
Tercero D: Srta. Loor

Ningún trabajo será recogido atrasado sin la debida justificación.








TALLERES DE TRABAJO PARA SEGUNDO DE BACHILLERATO

TALLERES DE TRABAJO

Jueves 6 de marzo.
Construir un informe con  las partes dadas en el texto de trabajo, en base de la salida de campo que se realizó al páramo de Atacazo. Este trabajo debe ser realizado en el aula y entregado al final de la hora.

Realizar el taller de escritura No. 1.1, este trabajo debe ser realizado dentro del aula y entregado al final de la hora.
http://filesave.me/file/35428/ESCRITURA-1-1-docx.html

Para la casa: deben elaborar en computadora una hoja de vida conforme a los parámetros del libro y entregarla el día viernes.

VIERNES 7 DE MARZO
Realizar el taller de escritura No. 1.2 y 1.3 este trabajo debe ser realizado dentro del aula y entregado al final de la hora.

Taller 1.2
http://filesave.me/file/35429/ESCRITURA-1-2-docx.html

Taller 1.3
http://filesave.me/file/35430/ESCRITURA-1-3-docx.html

martes, 18 de febrero de 2014

PROCESO DE LA ESCRITURA

El proceso de la escritura es un documento es una recopilación que se destinará para la producción de textos, por favor bajar el documento, imprimirlo y llevarlo todos estos días para el desarrollo de las clases.

Este documento será utilizado por segundo y tercero de bachillerato.

TERCERO D: Taller es escribir un párrafo conforme lo indica el documento en la página 6.

Bajar el documento de estos enlaces:

Word: 
http://filesave.me/file/34923/PROCESO-DE-LA-ESCRITURA-docx.html

Pdf: 
http://filesave.me/file/34924/PROCESO-DE-LA-ESCRITURA-pdf.html

viernes, 14 de febrero de 2014

CUENTO 9 - SEGUNDO BACHILLERATO

EL GRAN INQUISIDOR
Fiodor Dostoievski

       Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dígnate en aparecer!", que Él ha querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.
       Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.
       No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de treinta años.
       Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.
       El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"
       Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.
– ¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.
       El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la madre profiere:
– ¡Si eres Tú, resucita a mi hija!
       Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).
       La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.
       En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.
       Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.
– ¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.
       Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.
Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
       De pronto, en las tinieblas se abre la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego, avanza lentamente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
– ¿Eres Tú, en efecto?
       Pero, sin esperar la respuesta prosigue
–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda...
       Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
–El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia. ¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...
       Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no solo de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que solo hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por inspirarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.
       Como ves, la primera de las tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!, se diría que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices –: el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo, porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que el hombre te imitara y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.
       Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.
       La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata sólo de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos con Él...; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?
       Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia-; pero la bestia acabará por arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú ten tus elegidos, pero son una minoría: nosotros les daremos el reino y la calma a todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuántos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y matanzas originadas por la libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios, a causarlos con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más-, rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! ¡Sólo vosotros poseéis su secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"
       No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno- que reciben de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí, les predicaremos la humildad – no, como Tú, el orgullo. Les probaremos que son débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.
       Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal. Morirán en paz. Pronunciando tú nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.
       Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.
       Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.
       El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no vuelvas nunca..., nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.

ACTIVIDADES  DE LA LECTURA
1.      Imprimir cuento
2.      Leer el cuento
3.      Realizar ejercicios de contextualización, sinonimia y antonimia
Llenar fichas lexicales de cada una de las palabras:

Heresiarcas: Autor o instigador de una herejía. S. Herejes, impíos. A.----
Ascético: Persona que se dedica a la práctica y ejercicio de la perfección espiritual y lleva una vida modesta y sobria. S. Virtuoso, austero. A.----
Contingente: Conjunto de personas o cosas.
Quimera: Ilusión, fantasía que se cree posible, pero que no lo es. S. ilusión, ensueño. A. Realidad
Prescindir: Privarse, abstenerse de lo que se considera necesario . S. desechar, relegar. A. Necesitar
Erigir: S. Fundar, instituir, levantar. A. Destruir
Andurriales: Paraje extraviado o fuera del camino. A. Paraje, caminos. A.---
Vaticinar: S. Pronosticar, adivinar, profetizar